Mi camino hacia la estupidez en
auto fue muy consciente. Un par de veces he visto los autos dialogar entre
ellos, tome la decisión de recordar los pechos de ella, me volví peregrino de sus pechos, visitante de sus
pezones, inexplicable las causas para perder los mapas y no fijarme en las
estrellas, hasta llegar a su vulva,
ahora soy astrólogo de su vulva:
Tus piernas, y mi
rostro
con los fluidos y el
apocalipsis
pero hay un
cometa y
hay una esperanza
existe un grito,
somos esperanza y
grito.
Mi caparazón ya tiene los pasos
contados, una receta más para morir; con
un toque de extraño de futuro. Las
enfermedades ya no tienen dónde ir, mi hedor fatuo e resigna a negarte, a decir
que la melancolía no es un tratado de comercio y las leyes de la matemática son
versos hechos música y que la música sale de los bares en la madrugada con el sindestino y el instinto de
vivir/dormir para ver qué sucede delante de los ojos de Neptuno. Respiro , sorbo la mañana, siento que el psicoanálisis
del auto ya no tiene testamento, un poco más de ritmo no caería mal. Ya no
tengo más muertes que contar ni mis pasos se han vuelto color licra. Fumar un
cigarro en el banco de un parque viendo cómo pasan las generaciones es ver poco
a poco el alcohol se derrama y como el
poder se impone en una patrulla. El sol te amenaza, te puñetea, tú sigues
recordando, te enredas en su símbolo, en su cabello, en su ojo, en el
poder de su ojo, la victoria de su ojo.
Hay un comercial redondo que pasa
se suicida y
vuelve a vivir
las letras
ya no dibujan si bailan
hay un canto lúcido en sus labios,
un beso, un mechón de cabello sobre su pezón.
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Mario Santiago Bey Quiroga
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