Encendí la
televisión y me puse a escribir. Pasaban una película que no recuerdo haber
visto antes, en realidad no me importaba, no cambié de canal, sólo quería que éste
cuarto dejara de estar inundado de silencio y de mi ausencia. Algo de mí se
había quedado en el parque de esa tarde y como siempre que trato de recuperar
las cosas, me puse a escribir.
Y como siempre
que me pongo a escribir, no sé cómo empezar, pues, no sé con precisión qué es
lo que quiero recuperar. Así que primero empiezo haciendo garabatos de palabras
que apenas son una oración incomprensible, como el resuello de alguien que
agoniza para después morir. Me quedé un rato imaginándome como un dios que
coloca al azar muchachitos en el vientre feroz del mar, observándolos en sus brazadas
desesperadas, en sus súplicas ininteligibles, en sus inminentes muertes. Así yo
escribía, dejando a la deriva, desiguales y cortas filas de palabras que, en la
superficie del papel parecían delgados cuerpos inertes, agonizantes, quizá vivos
pero prestos a no estarlo más, en un mar ya quieto.
Estuve a punto
de renunciar y resignarme a mi trozo de ausencia, pero un chillido que salía
del televisor hizo que le dirigiera la vista y distinguí, dentro del recuadro
de la pantalla, a un hombre vestido de saco negro, con una bufanda rodeándole
el cuello, con un cigarro entre los labios apagándose por la lluvia, correr
atropelladamente hacia un auto, abrir la puerta, girar la cabeza hacia donde supuse
estaban sus perseguidores. No vi a nadie, quizá el tipo sólo veía los árboles
agitándose mientras el agua resbalaba por sus hojas, en la noche. Se volvió, en
el auto le aguardaba una chica quién, supongo, emitió el chillido, parecía
desesperada, retorciéndose en su asiento, exigiéndole algo al tipo que buscaba
la llave del auto en los bolsillos del saco, lo encontró, cerró la puerta y
arrancó, creí ver que se besaban. Después pasaron los comerciales, un niño
rechoncho devorando un pastel, joder.
Empecé a
juguetear con la idea, a lo mejor esos amantes partían del mismo parque en
donde yo estuve fumando un cigarrillo esta tarde, a lo mejor estuvieron
planeando su huída con minuciosidad mientras rondaban por el perímetro del
parque, quizá los vi, abrazados casi hasta la desesperación, quizá los envidié
de soslayo.
No lo sé, pero
después del niño rechoncho devorando el pastel, la película pareció irse al
carajo y yo también.
Hacía un poco de
viento, tenía prisa por acabar el cigarrillo, siempre he sido un fumador débil
y torpe. Sentía por mi garganta nacer tajitos horizontales, que si bien no eran
dolorosos, me incomodaban. Pensé en una escalera, una escalera dentro de mi
garganta.
Al terminar de
fumar, me distraje viendo a la gente deambular, inadvertida de mi presencia. El
parque se envolvía en murmullos, en un calor fresco, el sol, como la cabeza de
un niño fulguroso agachándose tras el horizonte.
Y vi a Gabriela,
tal vez se llamaba así, nunca lo sabré, pero el nombre me gusta. La vi lejos y
quieta, parecía revelarse, como yo, contra ese paisaje dibujado sólo por
personas ajetreadas o lejanas del disfrute de la quietud. No separé los ojos de
su figura, recostada en la pared, mirando hacia todos lados en un ritmo
desigual que atribuí al sosiego y la disposición de tiempo libre.
Pensé en
abordarla, pero ¿cómo?, de golpe sentí que por la escalera de mi garganta
subían párvulas palabras, con la respiración agitada por el ascenso, embargadas
por un entusiasmo que yo estuve forzado a apagar. Recité algunos versos
improvisados, sentí mi boca como un cementerio.
Gabriela seguía
allí, ahora leía un libro, veía sus labios moverse, traté de adivinar qué
decían. A veces se detenía a mirar alrededor, nunca me vio, lo que significó un
alivio para mí y una tristeza.
La luz del sol menguaba,
Gabriela cerraba el libro, veía otra vez a todas partes y deseé con todo el
alma que ésta vez sus ojos de clavaran en los míos, no sucedió, me dieron una
jodidas ganas de llorar, la vi alejarse, salirse de ese sitio que me pareció
por un momento su recinto eterno, confundirse con la gente. Me paré, alargué la
mano como queriendo atraparla, aún contra su voluntad, retenerla y preguntarle:
¿te llamas Gabriela, verdad? Pero no. La última vez que volteó quise
entrometerme en la dirección de su mirada, pero yo estaba muy lejos.
El cielo fue acechado por espesas nubes y las gotas de lluvia cayeron con una progresión
sorprendente, ya no había nada que hacer. Me abotoné el saco, arreglé la
bufanda en mi cuello, encendí un cigarrillo y me eché a correr.
J. Estiven Medina Ortiz.
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