Ruido de Fondo / Don Delillo


Por Omar Livano

Al comenzar, la impresión que se tiene durante la lectura de White noise (Ruido blanco. Traducido como Ruido de fondo) es de tedio. La primera parte, Ondas y radiación, transcurre sin mayor relevancia. Como si el norteamericano estuviera enmarcando escenas azarosas, sin ambición, con un hálito posmoderno que por momentos obliga, al lector, a evaluar si vale la pena o no seguir adelante.
Jack Gladney, profesor universitario que estudia con vehemencia a Hitler, se ve no solo rodeado por una serie de personajes tan perturbados como él, sino también empujado a situaciones pasajeras, con problemas  triviales. O sea que no habría por qué escandalizarse si, apenas en la página 60, uno comienza a desertar. Pero si hay un buen rastro de detalles empiezas a notar los contrapuntos que van tejiendo la psicología y posterior intervención de personajes. Entonces, avanzas las páginas y Babette, esposa de Jack, resulta ser una suerte de hipocondriaca egoísta perdida en una casa donde ambos (cada quien con hijos propios de sus matrimonios fallidos) son lo versión más perturbada que se puede (des)configurar en base a una familia norteamericana. O algo parecido a eso. Lo cierto es que tanto él como ella comparten un temor que es, al fin de cuentas, lo único que justifica al libro: la muerte.
La manera en que el consumismo, entre otros temas, es más bien el telón de fondo, obliga a pensar si es que la intención de Don Delillo no era sino convertir su novela en el retrato de una época. La tecnología, aunque incipiente, juega roles determinantes en la actitud y posibilidades, incluso decisiones, de los personajes. Y claro, uno piensa que todo esto no se trata más que de una locura, una mala broma de Delillo matizada por un humor que por momentos es negro y en otros patético. Pero ya estás enganchado con los diálogos (Sobre todos los que incluyen a Murray, profesor como Jack, pero especializado en Elvis Presley) o en las observaciones de las hijas que, a pesar de su corta edad, parecen haber salido recién de una laboratorio donde la inocencia y la fantasía infantiles fueron absorbidas hasta convertirlas pequeñas gurús, observadoras y jueces de lo que va sucediendo.
Así, si se tiene el ímpetu para seguir, llegas a la carne de la novela: Escape tóxico a la atmósfera. Pues por fin, toda la estructura desorganizada y catabólica de la primera parte empieza a tener un sentido. Y es con la irrupción de un suceso fortuito que la vida de los Gladney se tuerce por completo hasta no parar. Un accidente químico. Una nube tóxica cuyo efecto era producir una enfermedad de la que todavía no se sabía mucho (salvo que uno de sus síntomas era un dejavú constante), pero que ya tenía medicamentos o formas de tratamiento. El hecho sucede muy cerca de la casa de los Gladney, por lo que estos se ven obligados a evacuar con todos los miembros metidos en el auto de Jack. La tensión entre los personajes se agudiza. La tensión o la apatía. Como sea, en medio de esa catástrofe uno huele la esencia trágica y a la vez absurda de Norteamérica con relación al mundo “Esas cosas le ocurren a la gente pobre que vive en zonas desprotegidas”. Luego se suceden más diálogos que en apariencia no tienen un rumbo determinado, pero que siempre llegan a un rincón de la mente, siempre aguijonean.
Más adelante Jack queda contaminado y lucha desesperado por salvarse. Aunque no sabe de qué exactamente. Solo intuye, y esto le causa pavor, que al final está la muerte. Sin embargo, toda esta búsqueda conecta con su mujer y con la revelación un secreto del que su hija ya le hablaba en la primera parte de la novela  y que entonces no era más que anecdótico. Resulta que Babette ingería unas pastillas cuyo misterioso efecto era provocar una amnesia eutanásica. Lo que luego se desencadena en más revelaciones, pues lo que uno ve en la primera parte no es más que la superficie de lo que se descubrirá en la última: Dylarma. “Nos pasamos la vida despidiéndonos de los demás. Pero ¿cómo despedirnos de nosotros mismos?”.

La novela continúa y la sensación de perder el tiempo ha desaparecido por completo. Pero no ha sido fácil. Entender la literatura de Don Delillo, por lo menos en Ruido de fondo, no es una tarea para lectores primerizos. Hay que saber leer entre líneas y no esperar, incluso, un desenlace redondo ni mucho menos épico. Hay que ir deshilvanando cada rastro y/o aparición de los personajes, no solo para entender lo cómico de la novela, ni la ironía por momentos irritante del narrador, Jack, sino también para ubicarnos en la aproximación entre una época y otra. Es que después de Ruido de fondo uno cree que aquello no está tan lejos de suceder, o quizá ya está sucediendo, y no se puede sentir otra cosa que espanto. La muerte no es cosa del otro. “Los hombres gritan al morir para que se les preste atención, para ser recordados durante uno o dos segundos”. 

Un buen día en los bolsillos

¿Sabes lo que es encontrar la salvación y no poder tomarla? ¿Sabes cómo se siente no poder decir nada y luego decir no puedo decir nada y luego decir recuerdo que una vez…, pero luego darte cuenta que no es un recuerdo sino más bien una invención con la que intentas evitar parecer un tonto o un aburrido o un ser lamentable sin mayor interés por las cosas? ¿Sabes lo que es meter la mano en los bolsillos y no encontrar más que frío y una costura rota por la que cae un dedo a arañarte la pierna? ¿Sabes lo que es encontrar  la salvación y no saber cómo retenerla o contenerla aquí, en los pulmones? ¿Sabes cómo se siente estar bien y saber que va a acabar?
El frío inmovilizaba mis manos, yo temblaba de forma graciosa y exageraba porque quería que las tomaras entre las tuyas, eso me haría bien, pensaba, y lo hiciste y yo estuve muy agradecido pero no supe decírtelo porque también los labios se me congelaban. Entonces, creía que yo existía realmente dentro de mí, como una suerte de persona pequeñita encogiendo el cuerpo por el frío o por lo que fuera. Creo que lo que te iba diciendo era que yo era un tipo inútil pero que aquello no me apenaba (o eso quería decir) y que hasta me divertía. Te contaba, tratando de parecer interesante, que había ido perdiendo a muchos amigos simplemente por mi pereza de corresponder a sus necesidades, y finalmente te decía que no me lamentaba y era hasta el estilo que quería darle a mi vida. Bueno, estaba siendo muy pesimista, pero lo hacía porque yo haciendo de entusiasta soy muy torpe, aunque siempre ande entusiasmado. El frío iba haciéndose más intenso y el cielo repleto de estrellas y la luna saliendo muy rápido entre los cerros, era genial y no sabía qué decir, excepto qué genial. Traté de decir algunas cosas con la mayor honestidad posible y lo estaba logrando, a pesar del frío, lo estaba haciendo, no dejaba de sonreír, pero no dejaba de preocuparme por la duda de estar quizá aburriéndote. Ya sé que esto bien lo puede escribir un adolescente y ya no soy un adolescente, toda la simplicidad intensa y esa ingenuidad por las cosas que pasan con la velocidad del amor, ya no caben en mí o al menos eso estoy pensando ahora.
He ido fracasando en cada intento por sacar a esa personita de aquí adentro, yo le digo oye, ya, largo de allí, ahí están tus pulmones, tu estómago, tu hígado y tu corazón, déjalos funcionar y sal, aquí está el mundo y es seguro que te va a destrozar, pero ahí adentro sólo haces el ridículo.  Esto me recuerda a ese poema de Bukowski sobre el pájaro azul que tiene adentro y que no lo deja salir y que significa todo lo que pueda significar un hombre sensible. Conmigo pasa al revés, yo he querido sacarlo, pero nada, se queda allí, tan perezoso e irritante. Lo he soportado todo por él y no lo odio y hasta me divierte, lo compadezco.  
Yo no podía creer lo que me ibas diciendo y cómo lo hacías, porque era tan bello, sonreías de vez en cuando y el cielo me aplastaba el cráneo de felicidad, tenía las manos entre las tuyas y era como un fuego agonizante allí. Yo me sentía a salvo, después de todo, estaba comprendiendo que era un tipo a la deriva, en busca de un abrazo o de alguien que me dijera tranquilo, yo te cuido, es patético pero pasa. Y  puede ser tierno por un período pero luego cansa como todo, entonces temo aquello y sólo he sabido aceptarlo y resignarme a que va a pasar. No, no soy un hombre de acción, no me leo un libro entero en un día porque prefiero dormir y sentirme pésimo al despertar y con el reloj mordiendo mi vida. A veces me reprocho por eso, pero generalmente me río y sigo durmiendo.
Y me contabas de tu familia y tus problemas, y yo pensaba adóptame, adóptame¡¡¡, estaba gritando en mi cabeza, no podía ver más, lo siento, no veo más que mi precariedad y mi posible salvación. Si hubiera estado ebrio te hubiera dicho las cosas con cierta fluidez, no en la forma sino en el fondo, porque me es difícil gesticular borracho: que ya no quiero separarme de ti, porque eres la salvación que tanto he buscado.
Recuerdo que leí en algún lugar, que sublimar es el arte de escapar, tampoco es mi caso, para mí, sublimar es abrazarme a ti hasta que nos crezca moho como un manto de belleza y las estrellas caigan sobre él como una especie de coraza que nos proteja de todo, sobre todo de mí.  
Me coloco los anteojos nuevamente y sonrío al pensar que quizá he ido mostrándote mi parte estúpida cuando lo que debí hacer fue decirte que era bueno en algunas cosas. Pero ya es tarde, espero que no suceda lo inevitable (a veces, espero que suceda rápido). Soy un mal estratega del sentimiento.
Me preocupa el hecho de estar desarrollando una especie de dependencia por ti, no deberías preocuparte, soy lamentablemente inofensivo, a lo sumo estaré hablando contigo en mi cabeza, repasando una y otra vez lo que no te he dicho y sintiéndome bien y miserable alternativamente, o buscándote en todos los lugares del mundo y preguntando a la gente sobre ti, escondiendo apenas mi interés. Me pongo nervioso cada vez que te pienso distante en el tiempo y el espacio. Esas dimensiones son cicatrices en mi corazón.
A lo que voy, es que te he encontrado y estoy tratando de explicarte cómo es que estoy así, rodeándote con mis brazos en una noche helada y en donde temo que todo acabe y ese resplandor acabe y tu voz acabe o se vaya y tu sonrisa se acabe y tus miradas cambien de dirección y tus manos ya no sean fuego en los míos y en donde me encuentre como después de un buen sueño, lo demás será una pesadilla de la que saldré muy herido y con muchas ganas de que vuelva a suceder.
Caminamos un buen rato, dijimos algo sobre el frío que se estaba portando extrañamente cruel, hablamos otro poco sobre nosotros y yo estaba feliz, sí, feliz. Esa personita que llevaba adentro había salido un rato a dar un respiro y ahora estaba muy orgulloso de hacerlo y elevaba los hombros y ponía la cara chistosa, como pocas veces lo había hecho.
Y eso no es todo. Puedo escribir mucho más, pero ya estás a punto de subir a un taxi y nuestros dedos se tocan como si no quisiéramos despedirnos pero  algo más fuerte nos obliga a hacerlo. Eso era todo en esta noche, había muchas posibilidades de que no se repitiera y yo me fui con toda esa tristeza. Luego el taxi corrió hasta perderse en la curva y yo no pude correr detrás como me hubiera gustado, como si se tratara de una película.

Entonces suspiré y dije bueno, hay que vivir, debe haber algo después, no he venido aquí en vano, y sentía que no era en vano que estuviera pisando esta tierra  y si adelante no había nada, de todos modos era  mejor buscar fuera de mí. Me estaba poniendo cursi y odiaba eso. Así que me puse a llorar y llovió sobre la ciudad y me sorprendí por la sincronía que empezaba a tener con la naturaleza y maldije. 



J. Estiven Medina Ortiz.

Christian Rivera y versos de Hostias del Mal -próximo a editarse-








IV
He visto arrastrarse a los hombres ante los espectros del crack: catástrofes, aspirando tuberculosis en los cigarrillos. Aquellas niñas se convirtieron en fantasmas drogados que parieron a sus hijos en las calles, crecieron  sin descubrir que eran sus padres los que murieron asfixiados en las alcantarillas del alquitrán. Las avenidas son cuarteles controlados por el smog de los vehículos que fumigan a los transeúntes en sus inodoros de Neón. En los engranajes del tráfico. He visto suicidarse a los semáforos; los lustrabotas y los transexuales son desgajados por los policías. 

La negra transpiración de la ciudad serán industrias que se comercializarán en el mundo. Se dispone cada vez de menos esperanzas, los eremitas y mendigos serán un peligro para las traducciones de la evolución. Los relojes de las iglesias se teñirán de sangre cuando caigan sobre ellas todas las almas condenadas a la hoguera por causa de su estoicismo.
Cuantos pecados han sido falsificados en los templos para luego ser traficados por veinte monedas de plata. El poeta debe ser la voz de los sueños que planifican las conspiraciones del universo.



XVIII
“Un mandamiento nuevo os doy: que os  améis los unos a los otros   .”
                                                                                                                                                                Jesucristo
Celebremos el amor entre hoteles,
conciertos de jazz,
teatros y fuera de los teatros,
club de literatos,
taquillas de cabaret,
la caída de los preservativos
entre las butacas de los cines. 
Las habitaciones de las citas a ciegas,
las reformas del sexo,
exhibiciones clandestinas del libertinaje,

Habitación 666

hace un segundo
vengo esperando la impaciencia de las moscas.

                                                           (Break)

De la terraza voló un cisne amarillo.

Hace dos segundos
de los sets de televisión huyeron los ojos del amor.
Se pronuncia la lluvia mintiendo sobre su paradero
deje su mensaje en la casilla de voz.


1.- El amor nos es amarse los unos a los otros
                                                                                                 sino los unos sobre los otros y viceversa.
                                                                                                                                                  ( Carlos Oliva )

Celebremos el amor entre los parqueos del mar,
con los vahídos de tu cuerpo,
ensuciándonos con nuestro barro,
con la mirada de nuestros náufragos en HD
en las puertas de los tocadores del metro,
                                                         los affaires
de los automóviles convertibles del red Bull”
tu piel abrigando el sofá,
gatos huyendo de tu sombra.
La ciudad es detenida por las llamas rojas de los semáforos,
los casinos, los claustros, manicomios, los cajeros automáticos,
prostíbulos al paso,
de las putas entrando al amanecer en las catedrales
para confesar a los cardenales en el seno de Abraham,
que bendecirán con la simiente de cristo,
arrojando su semen sobre ellas,
purificando las hostias del mal
que exhibirán en sus vientres libres de culpas,
y sus marginales hijos heredaran el reino de los cielos
estableciendo en la tierra su reinado,
como la compra de un seguro de vida para la muerte.

Ventanas convertidas en pájaros entre las cuerdas de una guitarra,
contemplando el amor en tus ojos
como la obra inédita de Dios.



                                                                                                              Del poemario: Hostias del Mal

Hijo de la derrota

Día siete


La tarde muere con sus ojos, lloran sus ropas, su historia, sus bolsillos, traga amarga saliva y resucita, balbuceando nauseabundo en el universo gris de su ebriedad: ¿Por qué no le dijo nada?, ¿por qué avanzaron sus pies, por qué? Porque todo está perdido, piensa. Piensa: si tan solo una vez más hijos míos, una vez más los pudiera ver, me iría tranquilo, y ya qué mierda la vida, porque ¿qué más hay? No, ya nada. El viento cruza intempestivo sus delicadas piernas, el mar bravío ruge sin tregua, allá, Justo. Un hombre a lo lejos le recuerda su desgracia, trata de ignorarlo, un eje de lento e irregular bamboleo, que zigzaguea su camino con mirada perdida, dando tres pasos apresurados y descansando en el cuarto, al punto equilibrado de casi irse de bruces; y bambolea, mientras se va acercando. Un poco más y se va al demonio, piensa, Justo, pero no es para tanto, viejo desgraciado, yo qué voandar así, no hermanito, dice,  descanse un rato y luego sigue. Descansa, arrinconando su macerado cuerpo junto  a Justo. Está enojado, refunfuñando indescifrables melodramas; la tarde se va haciendo noche, en un juego de amarillos, naranjas, púrpuras, violáceos, tintineando pequeñas lucecillas en la mitad del cielo que ha oscurecido, mientras ambos forasteros se van haciendo sombra. Mis hijos, los tres, dice, entre pucheros, mientras saca una bolsa negra de su viejo saco; mis hijos, mis tres hijos, repite, bebe, traga y se retuerce, entre pucheros, mis tres hijos. Justo oye sin atención, paseando sus ojos al ritmo de las olas salvajes a lo lejos. El hombre bebe, una gaviota cruza solitaria, casi invisible, el horizonte desvanecido. Chorrillos y sus rígidos pescadores pintan un cuadro lúgubre y nebuloso, Mis tres hijos, repite, muertos, muertos los tres. Justo despierta de su letargo y observa al infeliz, incrédulo. Cómo así, pregunta Justo, qué pasó, hermanito, indignado. Retuerce su mirada, desquiciado se limpia las lágrimas, en el mar, indeciso, los tres llevados por el mar, viejo, los tres, ya no puede contener los ríos de sus ojos, pero yo tengo la culpa, yo nada más, y que Dios me perdone, cómo así, hermano, cómo así, ha terminado de oscurecer, los botes arriban a las costas, a los muelles, viejos botes hechos de tristeza, y han cesado los vientos salvajes con que culmina cada tarde, no sé, yo no sé, se fueron, con el mar, y que Dios me perdone, Dios mío, tan chiquitito Julianito, cómo se me ocurre, cómo, desespera destruido, llevarlo mar adentro, qué imbécil, qué inútil he sido, y Dios me pagará cada una de mis penas, cada una, porque los otros dos nunca fueron buenos, observa a Justo, atento, los dos rufianes, hermano, como piratas los muy putos, pero yo tengo la culpa por enseñarles a nadar, viejo, y una noche de neblina no perdona a nadie, como piratas mis hijos, como tiburones, ¿te imaginas?, le alcanza la botella, Justo bebe, traga, y se alivia, invadiendo otros barcos, viejo, para sacar no sé qué mierda, pero quién sabe se habrán perdido en la densidad de la noche. Las playas de Lima son tan misteriosas, ¿no…? Me llamo Justo, Justo Salvatierra, para servirle, caballero, ríen y asienten, yo soy Julián Soto, viejo pescador de esta hermosa bahía, hijo de pescador, nieto de pescador, y déjeme contarle que mi abuelo, Carlos Eduardo Soto Huamancuri, humilde pescador, fue uno de los defensores del morro solar, ¿qué le parece?, bebe, sonríe, interesante, muy interesante amigo, déjeme contarle también, que yo no tengo historia, Justo niega con la cabeza, ¿y qué hace por aquí? No parece de aquí, Justo suspira, adolece, observa el horizonte detenidamente, vine a visitar a mi padre, que vive a unos cuantos kilómetros, pero no pude decirle nada, ¿se imagina?, nada, hermano, ni pude levantar la mirada, por viejas peleas,… (continuará)



Luis Ernesto

Mi corazón es un oso panda de peluche.

Sus ojos descolocados me contaban parte de la historia. Llegó como el animal más triste y furioso que alguien haya podido echar de su hogar y golpeó mi puerta con la fuerza de quién está cansado de buscar esas cosas que en el camino se hacen pura confusión y decepción.  Yo estaba viendo un partido de fútbol en la tv, no me gustaba, pero de hecho, no me gustaban tampoco esos domingos en donde parecía que lo único que se podía hacer era sumergir mi cuerpo en cosas inútiles. Abrí y lo encontré allí. Posiblemente había llorado antes de venir y, como había llegado a conocerlo lo suficiente, me compadecí y lo dejé entrar, de otro modo, lo hubiera echado. Detesto la tristeza a tal punto que soy capaz de hacerme una piedra o meterme debajo de la cama tapándome los oídos. Pero a él lo conocía ya hacía mucho tiempo y lo quería, porque había que querer a alguien o sino todo se hacía más jodido.
No le dije nada mientras se acomodaba en el sofá, cerré la puerta y seguí viendo la tv, como si nada hubiera pasado. Luego noté que llevaba apretado en la mano izquierda un peluche que por la presión parecía una bola de trapo y yo pensé éste hombre está loco, o está demasiado triste, luego lloró un poco y yo le pregunté qué le pasaba porque el partido había terminado y ahora hacían los comentarios más estúpidos sobre lo bonito que habían jugado todos. Después empezaba otro partido, pero antes iban a pasar los comerciales. Y yo tuve tiempo para ocuparme de él.
-         Fui a casa de mi chica y no me abrió- Me miró a los ojos y eran los ojos más honestos y bonitos que pude haber visto en mi vida, estaba muy afectado por lo que le pasaba y supuse que si había venido a mi casa fue porque creía que yo podía ayudarlo, así que eso pretendí.
-         Bueno, quizás no estaba en casa- Le dije, fue lo primero que se me ocurrió- Anda, llámale al celular.
-         Ella estaba adentro, la vi en la ventana, ni siquiera la abrió, estaba asustada- Explicaba de ese modo el origen de esa herida que le atravesaba el cuerpo flaco y desilusionado.
-         ¿Y por qué se asustaría? – Pregunté, viendo en la tv un comercial sobre unas pastillas que alivian el resfriado.
-         No sé, está loca- Me dijo, y sus ojos me asustaron, porque eran como contenedores imposibles de lágrimas.
-         Bueno, así suelen ser las cosas, todo el mundo está loco- Yo sonreí y me sentí triste. Era momento de acabar con esa conversación. 
-         No sé, yo sólo quería darle esto- Y me mostró, por fin, eso que llevaba en la mano: era un peluche que, sobre la palma tendida, recobraba la forma de un tierno animalito con los ojos amorosos, ingenuos e inútiles, era un oso panda. Y me gustó y eso hizo que me indignara con la chica esa, que le había rechazado el regalo.
-         Oh, está muy lindo- Dije, ya empezaba el partido de fútbol y todo se volvió la tranquilidad más insensible que jamás había experimentado en mi hogar.
El partido estuvo aburrido, en principio porque no sabía quiénes eran los equipos que se disputaban el tan preciado título que el locutor se ocupaba en anunciar escandalosamente y además no tenía mucho interés en saberlo, ya que los nombres eran escupidos con una frecuencia irritante. Creo que veía el partido como un modo de convencerme  de que el hecho de no haber tenido la destreza suficiente para poder desempeñarme adecuadamente en ese deporte cuando era un niño, no tenía la importancia necesaria en mi vida de adulto, pues, la idea de correr tras de una pelota y encajarla en un arco enmallado no me producía el mínimo interés.
Sin explicarme por qué, busqué al oso panda de peluche y lo cogí para mirarle fijamente a los ojos y estuve así por un buen rato, desoyendo los gritos en la tv, era como si le estuviera pidiendo explicaciones sobre el estado de mi amigo que se mantenía inmóvil en el sofá con una tristeza que me empezaba a molestar.
-         ¿Quieres beber cerveza?- Le pregunté, no encontraba otro modo de poder ayudarlo.
-         Si, de hecho- Dijo, los ojos perdidos, parecidos a los de un panda que se sabe el último de su especie.
-         La traigo enseguida- Le dije, levantándome hacia la cocina- No te muevas- Y decir esto me pareció totalmente innecesario, pues parecía que la cerveza era lo único que podía moverlo, en vista de que mi apoyo moral era torpe e insuficiente. Él sonrió como si hubiera olvidado llorar, o sea, una sonrisa de llanto.
Entré a la cocina y ahí estaban mis preciadas latas de cerveza, no las había tomado antes porque sabía que si no las guardaba para hoy domingo, todo iba a ser insoportable. Las cogí y me fui de prisa a sentarme frente a la tv a seguir soportando. Le alcancé varias latas, creo las suficientes para quedar embriagado  y yo abrí las mías, y fuimos bebiéndolas poco a poco, como si en eso se nos fuera lenta y maravillosamente la vida. No hablamos por mucho tiempo y eso no pareció molestarnos, oíamos de vez en cuando nuestras risas, era indicio de que todo iba bien.
-         Yo puse mi corazón allí- Dijo de pronto y supe que ya estábamos lo suficientemente ebrios como para desvariar.
-         Lo sé- Dije, sin saber qué sabía.
-         Ahí debe seguir- Dijo, apuntando hacia el peluche que, entre tanto, había terminado en el suelo- mi corazón, yo puse mi corazón allí.
-         Sí, ahí debe seguir- Le dije, mientras iba a por más cerveza, tenía más, pues era un hombre precavido.
-         Sí, anda, ve, trae un cuchillo- Dijo. Yo apenas pude mantenerme en pie y no fue difícil convencerme de que traer un cuchillo no era peligroso así que ya de vuela, además de la cerveza, tenía un cuchillo en la mano.
-         Aquí está- Le dije y le alcancé la cerveza y el cuchillo. Él cogió el cuchillo y dejó caer las latas.
Golpeándose con las cosas que habían entre él y el oso panda, logró cogerlo del cuello e inmediatamente le pasó el cuchillo por el vientre, dejando escapar el algodón de adentro, soltó el cuchillo y con ambas manos extendió la abertura hecha hasta deformar casi por completo a aquél pequeño peluche.
-         No está- Dijo, con espanto, llevándose las manos a la cabeza- mi corazón no está -Y lloró y yo pude ver caer cada lágrima que gritaba también su desesperación, estaba muy ebrio y por eso me daban pena tantas lagrimitas cayendo desconcertadas.
-         Oh, no te preocupes- Le dije- seguro está por ahí, seguro lo has dejado en casa, entre tus papeles, ahí debe de estar, ahí te gusta ponerlo.
-          No, yo lo puse aquí, estoy seguro- Su desesperación era la tristeza enloqueciendo y rompiéndose en pedazos.
-         Tranquilo, tranquilo- Le dije y ya lo tenía entre los brazos y ambos llorábamos por su corazón extraviado.
-         Es terrible- decía varias veces, como si fuera lo único que supiera decir, como si aquella frase definiera irremediablemente su vida.
-         Ya verás que todo se arregla- Le decía, sin fe,  porque su corazón no estaba ya en ese panda donde lo había dejado.
-         Es fácil para ti que tienes el corazón intacto- Me dijo, casi inmóvil. Yo, de golpe me toqué el pecho y no hallé los latidos.
-         Dónde está mi corazón?¡- Grité- aquí no está, dónde diablos lo he puesto- Me puse en pie y trastabillando quise alcanzar el cuchillo pero era inútil, no tenía fuerzas más que para gritar.
Él seguía llorando y yo no podía hacer otra cosa que lo mismo, estábamos llorando porque nuestros corazones no estaban.
Así estuvimos hasta que nuestras últimas fuerzas se fueron diluyendo en la cerveza, sentía aún el sonido de la tv que seguía transmitiendo el partido de fútbol, luego pensé en la buena condición en que se encontraban los corazones de los que sí habían logrado aprender a jugar ese deporte. Me lamenté y me sentí estúpido.
-         A lo mejor no tenemos corazón- Dijo él, sonriendo.
-         Sí, eso es, no tenemos- Y reí también.

Éste mundo se estaba volviendo loco.


J. Estiven Medina Ortiz.