SUBMARINE MARIÁTEGUI SALINGER ROCK ADOLESCENTE NUEVA IZQUIERDA




Yo existo aquí con todas mis contradicciones
Jorge Pimentel
                                          
SUBMARINE es una película y Mariátegui un mito. 

Juntarlos en un solo artículo debe ser como preparar ceviche con mango. Muy posmoderno, dirá un intelectualillo. Veamos.
Cada época tiene una intuición personal de mundo y la nuestra es la mezcla, la fusión, la enfermedad de las ventanas. 

Piensa en el abanico de actos que realizas cuando te ubicas frente a una pantalla con miles de pixeles y laberínticas opciones. Abres una y otra y otra ventana cibernética. No hay mapas para nuestro caos. Somos una generación que no quiebra las cascaras, nos excita el exterior: los niños y niñas ya no rompen electrodomésticos para saber que hay dentro, ahora juegan desesperados en las redes y siguen las indicaciones de Dora la Exploradora. Homos computers. Fascinados por lo infinito, nuestro interior es amplio y misceláneo y hueco. Por algo somos fanáticos de los supermercados, nuevos museos de la época.  Y adictos a los selfies

Los niños y niñas  repiten palabras como “genial” y se crían bajo la indomable y avasalladora televisión. 

Todo se junta, mezcla, combina. La identidad es una fiesta de pixeles. 

Mientras redacto estas prosas apátridas, escucho a los Monos Árticos, bebo té con nescafé de sobre y observo con amor mis ejemplares de Mariátegui, ediciones populares y de bolsillo, afilados en mi biblioteca.

Submarine es una película de espíritu adolescente de Richard Ayoade, estrenada en el 2010 con música de Alex Turner (la baladita es lo máximo) y de sencillo argumento: muchacho raro, con mundo personal y una disyuntiva en marcha: salvar a sus padres a punto de separarse o a una muchacha que huye y ama. Muy indie, claro. 

Hay que entender la propuesta de la adolescencia desde la mirada salingeriana. Para Salinger, autor del librazo El guardián entre el centeno, la vida a los 17 es complejo resplandor de navajas. Por algo la palabra adolescente incendia: sentir mucho, andar raro, medio bipolar. Bajo esta bola de emociones hay una ética de vida: la sinceridad. No es gratuita la influencia, en una parte de la película, Oliver le regala el libro de Salinger a su novia diciéndole: una gran novela moderna de los Estados Unidos. Se lo regala porque necesitan tener algo en común “ahora que tienen sexo”

Y aquí conectamos con nuestro Amauta. Citemos: “Mi sinceridad es la única cosa a la que no he renunciado nunca” 

De Mariátegui se ha dicho mucho. Desde Flores Galindo hasta Henri Barbusse hay un consenso general, indiscutible: un crack en todo sentido, insuperable aún y atemporal por todos lados.
Alonso Rabí Do Carmo lo dijo bellamente: es el primer acto de fe en nuestro país. Mariátegui es un kamikaze rabioso, un Heracles ideológico, reúne la fuerza de Goku y Marx y todo profundamente andino. Sin calco, ni copia. 

Verástegui, en Taky Onkoy, le dedica unos poemas: 

Hay lecciones magistrales
La tuya, Mariátegui, es inevitable.

José Carlos pensó, desde la calle Washinton y en silla de ruedas, luminosamente. No solo desde una mirada fundamentalista, sino abierta, clara y compleja. Como pocos, es una luz y un hacha y un camino. Una verdad.

Su obra es, como escribe Carnero Checa, acción escrita. Vivió peligrosamente. 

Submarine y Salinger. Mariátegui y el rock adolescente. 

La sinceridad. Hay una fuerza vital y contradictoria. Mariátegui, a diferencia de los vacuos políticos actuales, muestra una pasión estridente. Si hubiera sido joven en nuestra época quizás fuera un punkrock: muchacho inquieto y desencantado del mundo.  En todo caso, le resultaría complicado ubicarse, definirse. 

Lo cierto es que hay una nueva ética, de seguro ya mainstrean, donde los jóvenes buscan un lugar y ser desesperadamente únicos. Se sobrevalora la adolescencia como único paraíso y se venden por decenas conceptos sobre los suicidios, la moda emo, los grupos de k-pop, entre otros. ¿Es la propuesta salingeriana otro prototipo para lavarnos el cerebro? Dudo que su idea en esencia, pero si lo que se hizo con ella como producto comercial. 

La cultura ya no la ubicamos como algo rígido y respetable, sino como multiforme. Crecemos copiado, comparado, asumiendo. Use, agite y tire: cultura fast food según Lipovesky. Tú eliges: o existencialista místico o reggetonero poeta. Sin embargo, prevalece la hipocresía: no es necesario ahondar, es aburrido profundizar. Usemos conceptos pastillas. Simples y hermosos como haikus y peligrosos como la coca cola. 

Ante ello, las propuestas de nuestro mediocre –MADE IN VIRÚ- ambiente son parecidas al pollo a la brasa: llena y encanta pero no engorda (dixit Antonio Chumbile)… No existen puntos medios, no hay debate, es negro o blanco todo para los viejos marxista. Casi religioso. (Punto vital para Mariátegui quién defiende los dogmas, porque la libertad absoluta es peligrosa. Y, por cierto, su búsqueda no solo fue política sino moral, es decir, religiosa) 

Y de colores mezclados, como polos rastas,  para nosotros. Por algo, los centros culturosos de izquierda, como el de Patria Roja o la Casa Mariátegui, adolecen de jóvenes. 

Hay una melancolía por crecer que canta la música pop, el rock más duro y las películas submarinas. Un miedo, un riesgo, un sinsentido. El absurdo es el nuevo traje de la individualidad. No hay fe sobre un futuro ni terquedad para buscar otro. Y crecer, en muchos casos, es la misma mierda: abotonarse la camisa y el éxito profesional. 

El patrón se repite pero tenemos podridos el alma. Somos adictos a la pereza; la inercia es el nuevo opio del pueblo. Muchos sociólogos piensan que todo esto nos conducirá a una sociedad más justa e igualitaria. No hagamos nada, se hará solo. 

¿Nos hace falta una guerra?

Es difícil escapar de las etiquetas, pero hágamosle frente. ¿Es posible una nueva izquierda que consuma cine yanqui, sea adicta a internet y fume mariguana? Una izquierda diletante, que no lee a Marx y pregona cambios sociales, repite discursos de siempre, las mismas arengas, y no osa sonreír por considerarlo infantil.

Lo cierto es que hay otro sentido, opuesto a todo, más diverso. Es posible, digo, ir leyendo a Mariátegui y escuchar a los Monos Árticos. Los problemas que tenemos exigen mucha atención. Son los mismos desde la independencia: corrupción y mierda expandiéndose vertiginosamente (dixit JuanRamirez)
Quizás mezclamos porque no tenemos religión ni dogmas. Mezclamos, tenemos libertad infinita: ya no hay son buenos o malos. 

En el arte hay ejemplos de la mezcla cultural:

Miguel Idelfonso tiene un gran poema donde José María Arguedas y Lou Reed comparten escenario.
Cachuca de los Mojarras mezcla el rock y la chicha.
La Sarita hace lo mismo con el huayno y el rock. 
Los cómicos ambulantes dictan cátedra de oralidad y cultura en las calles.
Por ahí va la cosa. 
Juan Ojeda odiaba a lo Beatles. 
Nuestra cultura es un turrón de doña Pepa mosqueado y sin dulces. Una feria de niños muertos y animales heridos. Bello como la marca Perú, dolorosamente.   

¿Puede la adolescencia ser otro modo de anestesiarnos?

Por julio Barco

YO LO VI, YO ESTUVE...

RICHARD

...no, viejo, yo soy de Huancayo.
Allá empecé con la vida y la huevada.
Madrugaba ganados, camiones de papa y zapallo.
Era un chibolo lleno de leche, marrón puro.
Los grandes decían "éste ya está perdido" / o sea que tenía futuro pe, viejo.
Me solté del miedo y me agarré a un arma para no caer. Era un zorro.
Mis colmillos, chesumare, no los paraba nadie, ni la noche
en que me agarraron: los tombos me llevaron a la quebrada
y me quebraron
a patadas como a su mujer
y me hundieron la cara en un balde con agua y detergente.
Allí vi la mierda limpiecita, viejo. La mierda mierda.
Pero nada más, ahí quedó. Como nada es nuestro, nada perdemos.
Me parché solito las venas. Pero ya no había familia
yo era el perro que vuelve a casa y ya no cabe por la puerta,
ya no cabe ni en su propia madre. Así me fui pa Lima
escapando de un compadre al que le agarré la hija y el orgullo.
Pero su orgullo montó caballo, tomó bus y me clavó dos años.
En la cárcel aprendí a mentar la madre cara a cara, a 7 fulanos por segundo
y noté que todos somos cuchillos afilándonos en subida y bajada.
Yo no sé porque seguía abajo y debajo de la misma pistola y manguera.
Ahí me sentí como los ganados que robaba. Pero solo solo.
También había un poeta como tú. Eso decía.
Pero más cerca de mí que la poesía está la pelada maldad, viejo.
La chela. Mi esquina cicatrizada aquí, aquí y aquí.
Mi raspada lengua.
Mi Huancayo bien adentro. La muerte.
Y mi viejita, por supuesto.   

Por Antonio Chumbile Tinco

Hijo de la derrota

Día seis

Se detiene. La noche se oye densa y porosa. Da unos pasos frente a la puerta y se entumece. Mientras ve las frías aceras toma impulso y se decide a dar los tres toques definitivos: se entumece. Desde dentro se oyen pasos inseguros, irregulares, casi temerosos. El último paso se oye muy de cerca, y luego de unos segundos, se abre la puerta. ─¿Qué haces aquí?─ Su cuerpo cansado era sostenido por un viejo bastón de madera negro y empuñadura dorada. Su mirada de mamífero, de milenario mamífero entristecido explora de extremo a extremo, fruncido el ceño, cada parte que llegue a verse de la presencia de su hijo ─¿No te dije hace años que no quería volverte a ver en mi vida?─. Justo continúa cabizbajo, subordinado a la presencia que ahí en frente representa tanta historia, tanta vida, viejo, tanto dolor, viejo, qué quieres que haga, no pude contenerme, necesito hablarte, cómo me tratas así, si después de tiempo que no nos vemos viejo, ¿cuánto?, desde que murió la vieja, sí, la vieja madre mía, qué recuerdos, qué tristeza, ¿Me perdonas?, yo siempre me sentí así de culpable, viejo, así, y no te imaginas lo que se llora estando uno tan mal, tan alejado. Pero comprende, viejo, comprende, ¿Que quién me dio tu dirección?, qué importa eso, qué más da viejo, y aquí estoy, ya estoy aquí, qué importa dónde vivo, ni nada. Mira que he sido muy valiente al acercarme así, viejo, ¿te acuerdas nuestra última pelea? Qué desastre, qué mal quedamos. Y hasta ahora, viejo, hasta hoy que no nos vemos, ¿acaso te pasarás la vida odiándome, acaso yo me pasaré la vida odiándote, papá? Te juro que la mamá nos habrá perdonado ya, que me habrá perdonado ya, ¿no crees? Qué pasa papá, ¿tratarás así a tu hijo, acaso, a tu único hijo, acaso, si ya pasó bastante tiempo, papá? Mira lo viejo que te has puesto, cuánto tiempo, cuánta vida, cuánto camino, viejo, ¿recuerdas las únicas dos veces en que me llevaste al colegio? Yo no lo olvido, ni cuando me golpeaste tan duro que apenas terminaste empezaste a llorar y a pedirme perdón, viejo, ¿recuerdas?, porque yo siempre, yo siempre, cada noche que me encuentro solo, y ahí siempre apareces tú, con tu traje azul, y tu corbata roja y tu camisa blanca, viejo, claro que me acuerdo, claro que estás siempre, ¿cómo crees que no? Si no qué crees que hago acá, siendo tú tan severo, tú, papá, que no supiste serlo, qué sé yo; pero aquí estoy, aquí me ves, acaso si te odiara, ¿acaso? Qué necesitas, viejo, qué puedo hacer ahora, que ya todo está hecho, que ya el tiempo ha pasado. ¿Recuerdas cuando maté al tal Faustino ése, recuerdas? Fue por ti, papá, lo hice por ti, porque ese viejo siempre se andaba burlando de nuestra condición, viejo, y por tus ideas políticas, también papá, qué se yo; pero no te pongas así, que yo no tengo tanta culpa papá, así pasó, así fue, qué podemos hacer, ya pasaron, ya es historia, papá, ¿no recuerdas acaso, que fuiste tú quien me delató, no recuerdas acaso que fue por eso que me largue de la casa? Pero qué importa ya, viejo qué mierda importa, hijo del demonio, tú no eres mi hijo, largo de aquí, y quién dice que me voy porque lo dices, viejo, me largo porque no quiero vivir encerrado, ni aquí, ni tras las rejas, largo de aquí, largo, largo tu putamadre, viejo, tú tienes la culpa, tú, sí, lárgate, condenado, acaso te pasarás la vida culpándome de tus errores, acaso te excusarás siempre, hijo, hijo del demonio, si toda mi vida fue miserable, actuaré como fue mi padre, ¿acaso? Hijo del demonio, el demonio la putamadre, viejo, me largo, y qué quieres que haga, si ya ha pasado tanto tiempo, papá, ya nadie ni se acuerda, ni nada, ¡qué se van a acordar nada!, no recuerdas acaso, que me interné en esa selva maldita, ¡selva de verdad, viejo, selva de verdad!, y qué, si he ido pagando mis penitencias, viejo, cada una, si hubieras estado en mi pellejo, carajo, viejo, allá, en esa selva, viendo muerte, todo muerte, día y noche, como pan de cada día, y aquí me tienes viejo, volví apenas me enteré lo de la mamá, viejo, lo siento tanto, qué quieres aquí, fuera de aquí, malagradecido, hijo del demonio, fue tu culpa, siempre lloraba, siempre por ti, porque te largaste, fuera de aquí, malagradecido, hijo de tu madre, mío no, fuera de aquí, mándese mudar, ¿y recuerdas que se día me echaste, viejo? Qué golpe tan duro, quién lo diría, pero me aguanté, me aguanté de verdad, cómo si no tenía apenas dónde caerme muerto, viejo, cómo me haces eso, y faltar al entierro por no verte la cara, viejo, qué golpe tan duro, viejo miserable, viejo maldito, jamás volveré, ya lo verás, jamás me volverás a ver la cara, te lo juro, viejo, te lo juro por mi madre, no la vuelvas a mencionar, que tuya es la culpa, fue por ti, hijo del demonio, fue porque te largabas siempre, haciendo no sé qué barbaridades en la calle, largo de aquí, largo, para siempre, viejo, ya lo verás; pero aquí estoy, en tu puerta, después de tantos años, de seguro que no esperabas verme nunca más, pero sé que piensas en mí, viejo, sé que sí, por eso aquí estoy después de tanto, ¿que por qué vuelvo? Porque no se puede estar peleado toda la vida, viejo, por eso. Y su rigidez cohíbe cada palabra de su hijo, y Justo naufraga en un mar tan callado, ahí, frente a frente, Justo, después de tanto. ─¿Qué quieres aquí?─ Sus pesados ojos se han encendido, detrás la casa permanece a oscuras, y su firmeza, Justo, ahí tan firme como siempre ─Vete, que ya es tarde─. Justo asiente, en aparente resignación, mientras la puerta se va cerrando. Su dolor no puede ser más grande, ni sus pies más pesados, ahí, Justo, negando la vida entera, y dando cada paso como queriendo retroceder, pero andas a la deriva de la noche, y sin rumbo aparente: «Por qué no dije nada, por qué no dije nada, por qué no dije nada, por qué no dije nada…», piensas.

Luis Ernesto



Hijo de la derrota

Día cinco


Duerme.  Carraspea, transpira su cuerpo entero y carraspea inconsciente. Resuella cada uno de sus poros debajo de tanta frazada y maniacamente retuerce su cuerpo, Justo, sueña,  en un delirio de balbuceos. Chapalea en los mares de su pesadilla, en lo oscuro, en lo triste de su hexaedro veintisiete metros en su dimensión. Ahí, Justo, tu cuerpo y todos tus nervios haciéndote serpear a la deriva de ningún tiempo y ningún espacio. No estás ahí, estás allá, más allá de tu cuerpo, más allá de la mugre, la flema, más allá del añejo líquido que recorre tus arterias, Justo. Muy allá en la mente, tan allá, Justo, tan lejos de ti, envuelto en tus harapos que desvanecen con tu alrededor, con tus viejas carnes y tu tristeza; más allá. Y todo es desesperar, temer, tiritar por tantos gritos, allá, en tus sueños, en el terror profundo, inconsciente, y eterno, Justo. Las manos, las malignas carcajadas, un oscuro pasadizo, rostros que aparecen desde todos lados hincando tus nervios, asechando, entre pájaros negros y sombras de ancianas que van en dirección contraria a la tuya, sollozando lamentaciones que llegas a oír tan claras cerca a tus oídos, Justo, todas son iguales, sí, todas son tu madre llorando, encorvada en sumisión ante la muerte, de negro, todas, levitando hasta desvanecer en la oscuridad. Y siguen tus pasos desobedeciéndote, andando a la deriva, ignorando tu miedo, Justo, yendo sin considerar tus retorcimientos, y los gritos siguen, los pájaros de azabache impactante. Y ahí, Justo, asistiendo tú a tu propio velorio, ahí el mismo demonio dando la ceremonia, de tez cruda y bárbaras facciones, casi ocultando su cabeza calva y sus dos hermosos cuernos, dentro de su larga sotana marrón. Los niños desnudos corretean divertidos, y todos los concurrentes son tu madre, Justo, sollozando bajo la espesa e infinita lluvia que baña a todos de una pena desgarradora. Entonces, ahí tu enfermo corazón retumbando desde todos lados, ¡tucumtucumtucum! Empiezan a caer gotas de sudor por todo tu rostro, y resuenan los gritos, las aves salvajes descienden en picada, todas tus madres lloran, Justo, y ahí, el mismo demonio sentenciándote a las mil hogueras por toda la eternidad. ─¿Y cómo les fue, viejo?─ Don Anselmo arrastra hasta la mesa una silla y cae sobre ella pesadamente─. ¿Acaso no resultó el bárbaro plan de Jerónimo, de entrar, destruir todo y llevarse lo que se pueda?─ ríe, y se lleva un pedazo de papel al oído derecho, hurgándolo profundamente. Justo, cabizbajo, bebe de su sopa, tranquilo y soñoliento. Que no, responde, mientras mastica el pedazo de carnero y suspira. Su mirada está como perdida, su rostro agrio merodea las mesas en derredor: «Todos tan miserables como yo», piensa. Un hombre  carga al hombro su jornada de vagabundo buscador entre la basura, mientras grita que el Apra ha muerto, desde su mesa. ─¡El Apra no es el Apra, sino cualquier cosa!─ dice, golpea la mesa y todos voltean a verlo, incómodos, irritados, o desinteresados. Justo continúa con su escuálida sopa, sus gestos rumiantes alarman a Don Anselmo, quien no deja de mirarlo de un modo despectivo. ─Pareciera que tienes setenta años, Justo ─dice─ ¿Cuántos tienes, cuarentaicinco, cincuenta?─. Traga, sonríe, continúa subiendo y bajando su cubierto, observa distanciado el rostro extrañado de Don Anselmo y niega: Ni siquiera recuerdo, amigo, ni tengo cumpleaños, qué se yo. Justo, ahí, tú sin el menor interés, ido en tus pupilas, y en el intenso olor a fracaso, que llega hasta ti desde todos lados. Tiembla, transpira, tose, suspira, y vuelven los ojos a sufrir por lo que ve: «… ¿y si no llega?, ¿si no le intereso?, ¿si me tiene asco? ¡Maldita sea! ¡Dios mío!», piensa. ─…Y un cerdo que todo se lo traga ─alcanza a oír─, eso es el Perú, lleno de pus desde adentro, desde  donde menos se debe, ¡qué Apra ni qué nada! ¡No, yanoya! Todo corrupto, todo corrupto…─ Alza su puño y maldice, mientras cruza la puerta con su costal en hombros y su agotado andar, sin que sus palabras se detengan.  Justo sonríe indiferente. La tarde ha tornado solitaria, nostálgica, y sus segundos se han ido estirando largamente en cada mirada, cada lánguida mirada de los apenas tres concurrentes. Don Anselmo va culminando de limpiar una por una cada mesa mientras se acerca. ─ ¿Por qué tan paciente, Justo? ─dice─ Pareciera que esperaras a alguien─. Justo se resigna ante su plato y estira sus brazos en un gran ademán tan lleno de plegarias: Esperaba a mi hijo ─dice─, a mi Jeremi; pero parece que ya no vendrá. 


Luis Ernesto




Acerca del apremio del tiempo.



Anoche me hablaste de la posibilidad de reencarnar y yo te dije que era una estupidez y me dijiste que podría suceder, que qué tenía en contra de esa bella probabilidad y te dije no creo en tonterías y me dijiste que cómo era posible entonces que creyera en todo lo que escribía y yo no dije nada por un momento, porque era cierto, lo tomé como un golpe bajo, pensé en irme pero hubiera sido como admitir la derrota. Entonces dije bueno, quizá pueda ser eso de la reencarnación, en todo caso no me importa, y me dijiste que era un tonto y que si fuera posible reencarnar yo lo haría en un tipo listo,  yo sonreí, te dije y eso?, y tú dijiste es que la vida es bondadosa O que siempre reencarnamos porque es un modo de evolución hacia la perfección o hacia la expansión y yo te dije que si ese es el caso tu reencarnarías en un ángel, tú sonreíste, pero yo no, porque sabía que si reencarnaras en un ángel yo no sabría qué hacer siendo un chico listo y esa lucidez triste que tendría sólo me conduciría a alcoholizarme y ser el mismo estúpido de la otra vida, o sea de ésta, pero esto no te lo dije porque sonaba raro. Entonces percibimos ese silencio que se prolongaba y yo quise pensar en la reencarnación como un pacto secreto entre dos personas para transgredir los límites de la muerte y seguir hallándose por siempre y tocaste mi mano como si estuvieras pensando lo mismo, pero más convencida. 

J. Estiven Medina Ortiz.

Hijo de la derrota

Día 4    


Llueve. Redobla el silencio, vuelven los gemidos. «Cállate puta». Silencio. El espeso ambiente de congestión cabalgante, resuena en el regazo de esta sonrosada habitación. Fuera llueve, Justo. «¡Sin golpear, animal!». No oye: cabalga. Venas sobresalientes desde toda su humanidad: cabalga con desaforadas ganas. Una bombilla atenuada por el papel rojo. Redobla su vaivén, cabalgando; fuera llueve, muriendo la tarde en una espesa nube gris que cubre la Lima entera, la Lima enferma de siempre, Justo. Tu vejez te asfixia, mientras intentas concentrarte; cinco semanas, Justo, ahí, ahí tan concentradas las cinco. Ida y venida, ida y venida, cabalgando, gemidos envolventes, susurrantes. «Más, más». No quiere más, Justo, quiere que acabes de una buena y maldita vez. Descansas, en lento vaivén; descansas dentro, descansas fuera. Ella gime sin motivo, y ahí vas nuevamente, Justo: «cállate puta». Tus manos aprietan duro, cierras tus ojos, en un arduo vaivén, ella gime, gime, gime, sus respiraciones resuenan cada vez más. Ahí, Justo, ahí, cinco semanas. ─Además, todo lo que debes hacer, es ir y estar de campana─ dice Jerónimo. El vaso pende de su mano izquierda, mientras fuma con la otra─. Tengo dos puntas ya listas, vamos, ejecutamos y listo, hermano, yo siempre he estado en las tuyas, ahora déjame hacerte el favor, Justo ─Continúa─. A tu salud, hermano─. Alza el vaso y deglute con áspero alivio. La vieja chingana, la que aún conserva sus muros altos, coloniales, tristes y retorcidos: el tiempo, Justo. Sus viejos muebles, también, el viejo tocadiscos, Leo Dan, Salvatore Adamo, Trío Los Panchos, Justo, que «ya no suenan ni a balas», Justo, ahí, arrumado, viejo, inservible; como tú, piensas. ─La verdad, no estoy seguro, viejo Jerónimo─ cavila Justo─. Los soplones me tienen fichado, de mi RQ ni se hable. La verdad, no sé viejo, no sé… a ver qué tal y se nos aparecen, ¿qué hacemos? Se nos arma la grande, viejo─. A su salud, también, y Justo bebe amargamente, dulcemente, la espumante cerveza. ─Pero viejo, será rápido ─dice Jerónimo. Gira, y con un par de dedos pide dos más señor Lucio, que esto está para rato. Justo sonríe, cavila, observa en su derredor, sin ver directamente a nadie. Aúlla el altoparlante desgastado y la ebriedad sube por todos los conductos hasta sus sienes. Inspira hondo y advierte en su cavidad un corazón descompasado y abatido. «Ya estoy viejo, carajo», piensa, mientras empuja su cuerpo hasta el urinario. «Si tan solo tuviera unos años menos, si se pudiera con esta rodilla que se carcome, jodida rodilla, demonios, pero qué buena oportunidad, así le cerraría el hocico a la abuela Mercedes, vieja cascarrabias, qué buena chamba, qué rápido se podría uno parar, así me compraría un par de buenos zapatos, carajo, que estos se tragan toda la tierra que uno pisa, carajo, qué pobre, qué vergüenza, qué sucio, maldito vicio, carajo ─¿Vamos?─, decidido, sí, vamos, viejo Jerónimo, ojalá y así se me pasa la borrachera, gracias Jerónimo, gracias, viejo, ya sé que aposté bien antaño por ti, viejo de mierda ─ríe─¿qué belleza es esa, de dónde la habrá sacado?», piensa. ─ ¿De dónde sacaste esa belleza, Jerónimo?─ inspecciona Justo, mientras Jerónimo sonríe maliciosamente. ─Es una semiautomática, viejo sonso ─responde Jerónimo─ Es un regalo de un difunto amigo. Fíjate que con ese cabrón la estrené, viejo, una Beretta de diez misiles, viejo─ suelta una carcajada y abofetea suavemente a Justo. El auto cruza su última avenida y se estaciona en frente. ─Ese es el punto─, apunta Jerónimo. El ambiente se torna, serio, curioso, de miradas incisas. Justo, atento, observa, cavila, mide, calcula, y asiente. ─Son casi nuevos en esto ─explica Jerónimo─ pero bien avezados, viejo, ya verás cómo te queda el ojo, viejo sonso─. Ríen los tres, mientras Justo cavila, calcula, y observa hacia todos lados, cada riesgo, cada ventaja. ─¡Todo listo, viejo maldito!─ grita Justo, mientras los echa fuera. Jerónimo gesticula su ansiosa locura de siempre y se manda a la suerte con sus dos perros. «Zambo de mierda, ya tiene el cerebro todo torcido de tanta porquería», piensa Justo. 




Luis Ernesto

Romper el mapa

Romper el mapa es posible con un poco de cumbia y vals , aunque yo quebré mis sueños en un huayco de primavera; ya no escuche el sonido de la mariposa que quería ser el dios ambulante para predicar en iglesias. Ya no soy el mismo solo quiero romper el mapa  habitar en su útero y ser parte de su  ciclo menstrual, ser los cinco días de creación de marte, y los días posteriores de guerrilla. Partir lejos hacia las ruinas y tomar san pedro para venerar sus piernas, templo bisiesto, donde las estaciones descansan para no perturbar a la cosecha. Los cuatro apus están conectados para la guía , tomo el ron, la chicha, el vino, la cerveza, masco la hoja de coca, y la sangre no tiene destino, mis venas tampoco. Solo llevo su piel marcada como rinoceronte en fuga porque las estrellas huyen de los pantanos, y  yo huyo de esta ciudad. Quiero encontrarme con tus pechos, tomar la hoja de  coca y hacer el pago respectivo, bailar como endemoniado  bajo la laguna que se marcó en la sabana.  A veces las palabras no  son exactas, ni las matemáticas tampoco pero tu cuerpo si lo es, es binomio cuadrado perfecto, es  imperio solar con adoratorios y huacas por encima del dios cristiano, yo soy un santo cristiano que te rinde devoción, por eso rompo y pierdo los mapas, las fronteras de mis venas se pierden con las yemas de tus dedos. Las líneas de tus dedos me dicen a donde ir, eres la bruja que me da beber, la mantis religiosa que se postra y  vuela.  Mi pasado ansioso y tu olor  a mujer con revueltas indígenas. Para no volver a verte no he comprado la siguiente teoría: los campos no tienen por qué sobrepasar el nivel de tus piernas, todo lo contrario yo sobrepasaré el nivel de mi  piel sobre el porqué de mis razones de estar sobre tu vientre. Una y otra vez. El elefante no conoce su piel, yo conoceré la tuya.

El viento tiene que tener un cómplice,
                                 Yo solo quiero los zapatos  que no hablan del ahora,
El ahora es las letras que salen de tus dedos  y de mi boca
Mis piernas tambalean el vals no se conecta con la razón, se quiebra la teología,
Los vellos caen sobre los demás vellos.


Mi escatología ya perdió, no tengo muertos, ni una fe de papel. En mi sólo hay una veneración, una peregrinación, quizás ya sonó el timbre para el recreo, o se cortó la luz en algún pueblo joven. Mi único afán es fundirme como escopeta en guerra, y salir con el pecho lleno de figuritas y de recuerdos de infancia (alguna  vez fui un robot con microchips y aliento) pero esta vez me toca ser una tecla que se salió del teclado.  Ya es de noche, mi linterna se apagó busco tu útero, o tu espalda. Un  plano cartesiano donde las coordenadas se besan  y se tocan donde más gritan, se caen y vuelven a leer un libro. Ya es tarde pero alguna vela por ahí sigue encendida, me quemo la pestaña, para tener algún recuerdo,  mi mochila esta llenos de grafitis, anillos, caramelos, poemarios, piedritas, estrellas, chapitas y algún dinosaurio por ahí.  Mi pie derecho ya no me habla, mi mano izquierda me niega, ahora soy una contradicción un Poncio Pilato me condena, me muero, para ser crucificado con dos lápices, uno me toma de las manos y otro de la lengua. Así el mundo será feliz, ya no romperé el mapa, o no sé. Donde buscaré. Donde estas.  Dame el lápiz labial para hallarte, el color de tus uñas me orienta, las fotografías que dejaste en el suelo son las pisadas que sigo, quiero ser la mancha sobre tu muslo la mordidas sobre tu seno.

Por Mario Santiago Bey

ALGO ASÍ COMO UN SUICIDA



Qué manía es esa de prenderse fuego al cuerpo mientras se sopesa las posibilidades de una vida llena de fracasos/Me pregunto/ con el pulmón lleno de gusanos eufóricos/ ésta encendida noche donde las luces activan mi ansiedad optando violentamente por no ceder al movimiento de los felices/ qué has hecho con aquellos que se mordían los labios mientras eran atravesados por las balas del placer?/ he desconocido completamente su historia / un flechazo de luz entorpece mi ternura/ el delirio  el refugio de los desahuciados los que han perdido el diente en una pelea con la vida los que tiemblan por la grandeza del sol  los que se creen superhéroes por andar en calzoncillos silbando una canción para la muerte  los músicos eternos que no se atreven a optar por algo más serio el que juega a escribir cosas porque se le han acabado los intentos el que escribe cartas desde el anonimato del insomnio el delirio es el refugio de los que duermen mucho/ qué has hecho con el niño que tenías dentro?/ lo he matado/ porque el tiempo lo enfermaba.   

J. Estiven Medina Ortiz.

Orión

Ha surgido, he surgido, muerte sustanciosa que queda en la sustancia, desplazamiento de lo que queda, muy acá de la palabra; entonces anda con el viento, tan conmigo: he muerto un poco más esta mañana. Muerde qué gloria ni qué silencio, muerde muerte su deslizamiento en cada pliego de estar presente, de no estar para quiénes, de estar para cuántos vacíos, y no ser sino estar siendo, aunque nunca, ¡qué sé yo!, qué sabe la vida de la vida misma, Dios mío, qué saben las yemas de mis dedos lo que van escribiendo, y qué sabe nadie: he muerto un poco más esta tarde. Va muriendo todo junto con mis ojos, como muere la tarde en amalgama entristecido, y cabalga la tarde un caballo salvaje hasta nunca jamás, porque qué más da estar o no, ir o venir, o maldecir, o estar contento, ¡quién sabe nada! Padre, lo que se olvida no se olvida nunca, sino que viaja en la maletera de estar yendo siempre con un nuevo día, con un acontecimiento sobre otro; allí, en el invierno de nuestros veranos, papá, en la juventud de nuestras canas; y siempre vuelven a surgir, tú más que cualquiera lo sabe; surgen cristalinos, enjugando nuestra historia, papá, tú más que cualquiera lo sabe. Estoy, para no sé cuánto desistir, o cuánto desinterés: La vida, ¿qué significa estar vivo? Y por qué nos significa más lo contrario, de lo contrario, de lo contrario. La muerte es, la vida no, la muerte queda, petrificada situación en la memoria; la vida siempre va yendo, va quedando, va yendo y quedando, entonces como siendo nada al mismo momento que todo: he muerto un poco más esta noche. Hay veces en que creo hay un lugar entero donde no quepo, un lugar llamado todo. Es una universal negación: ¡qué sé yo! Qué sabe nadie, Madre, bien llamada nostalgia, Madre de todos mis sueños, abuela del vacío ¡quién te dijo que continuaras, quién! Y yo que de mañanas me compongo, no repongo aún en significar apenas: ¿Por qué? Mañana más tarde, mañana más tarde, mañana más tarde caerá el mundo sobre mis hombros, caerá tu nombre, tu tristeza, tus plegarias sin destino: He muerto un poco más en esta madrugada. 

Luis Ernesto 

Ella fue N, yo fui Nazi

No tuvimos compasión de los autos, ni de las combis. Nuestras caminatas no pasaban de dos besos más un cuarto de guerra, ella era N yo era un Nazi,  tomaba la esvástica y soplaba a Europa cinco siglos de Gloria al ritmo de como acariciaba su pezón y alrededor de este daba por hecho la fecha: 1986. El color de su historia personal se parecía a un VHS, con películas de Robín Willians, era tan Nazi que odiaba la marcha de sus piernas y su devoción a las margaritas, detestaba el crujir del señor de los milagros entre su cabellos; los niños se le colgaban de los dedos y que mierda hacíamos, solo tomar nuestro caballito de totora y desafiar el alcohol de la tardanza de habernos conocido. Dado que nuestro amor, no era amor, era la guerra que asume la física cuántica cuando se da cuenta que es mejor meter los dedos en la humedad de tu amada y sentir los protones girando y chocando-------------------################# así  se crea amor,  así creaste la sonrisa de ella.
Me besaba como mar en fuga y sus pirámides no conocían geometría, la distancia rompía con el espacio// mis pies caminaban// ella// mujer de huesos sin piel y vellos que se enreda en la carne de mi verso// nuestro futuro es saliva con alcohol bajo unas gradas con luces y música// (un paréntesis para el amor)
Nos enojábamos, me convertía en fantasma caminaba bajo sus piernas, jugaba el trompo mientras ella gruñía y me lamía como cachorra, yo estiraba mi mano y decía Hail. Tenía que ganar yo. No quería compartirle el estado ni el poder del capital de mi vientre. Mientras ella era soldado que guarda su arma.
 Ya estábamos perdidos
ella cerco su nido  y  yo me fui con la lluvia  a otro  funeral
os muertos de guerra bebieron conmigo, ella orinó en una esquina
su orín fue maldición para mis combatientes,
perdí mi guerra,
ella gano todo.

Muerta la amistad, ya no hay una araña  caminando por las paredes, solo hay cucarachas en plena misa crucificando  su fe por seguridad muchas veces. Ya no hay filosofía en nuestras calles,solo himnos botados, el recuerdo de tus piernas y mis caderas. Tu eras N, yo  tenía mi avión bombardeándote, y mis metrallas no paraban ahora solo hay devastación de guerra.

Cuando el soldado regresa a casa
no tiene mujer,
su mujer se la llevo dios,
el ama a las mujeres de los soldados,
las convierte en juego de azar.

Tú eras N, yo sólo no usé bien el retrovisor.


Mario Santiago Bey Quiroga

Hijo de la derrota

Día tres


Anochece: piensa en ella. Alza la vista, Justo,  y sus veinte cuadras a recorrer en peregrinación golpean contra sus piernas apagadas. Resuelve resignarse. Camina, piensa, sueña en cada parte de su cuerpo. Piensa en ella, mientras anda a la luz del gas de neón y las tétricas calles encienden su corazón, Justo, su amor, su cálido arrullar entre viejas frazadas, sin nada más que olor a humanos, entre sus grandes senos de madre solitaria. Veinte cuadras hacia el sur, Justo, y serán cuarenta para regresar a casa. «..Qué importa, si hace tiempo que no la veo», piensa, y su oscura sonrisa brilla moribunda en la oscuridad de este viernes. Cruza la olvidada losa deportiva y sus viejos amigos en lo oscuro lo observan incrédulos. ─Justo, ¿eres tú?─ pregunta Leónidas, con voz cavernosa; le rodean tres personajes insomnes, y va girando entre ellos un brebaje embotellado compuesto por el mismo demonio. ─Claro que eres tú, maldito viejo sarnoso ─continúa─. Acércate, ¿o quieres que yo vaya hasta allá, Justo?─. Duda, mira las doce cuadras delante de él. Descansa, sus agotados ojos vuelven la mirada hasta el cuarteto que lo espera. ─¿Nunca cambiará el Leónidas endemoniado?─ pregunta Justo, mientras se acerca. Entonces recuerda, gira, hurga, huye su mente, revoloteando en el pasado como ágil serpiente entre sus ojos, muy dentro: A las orillas del río Rímac, Justo, a sus orillas pestilentes y mundanas, donde reiteradas veces encendiste tu condena en un rincón agazapado y eterno, donde reiteradas veces le prendiste fuego a tus pulmones, y el fuego rutilaba como pequeña estrella en la inmensa oscuridad de la noche, a las orillas del seco río Rímac, del pedregoso río y sus perros muertos, y sus salvajísimas ratas, Justo, donde perdiste a tu familia, a tus hijos, a tu dignidad. Lloras a mares, «Es mi vida», piensas, ─¡Es mi vida!─ gritas; y nadie te oye en la inmensa soledad de tu desgracia. Tus acompañantes están inconscientes, entre sus frazadas, sus pulgas y sus lamentaciones. Enciendes nuevamente tu condena, inhalas tus amarguras y exhalas el alma que va ondulando, serpeando en la noche de luna llena y sinsabores. Te acobijas tanto que pareces una roca más, inmensa, hecha de huesos, carne y trapos. A la luz de la luna duermes sin pensar ya nunca más en el mañana. ─…Tuvimos tantas batallas, hermano─ dice Leónidas, contento─. El humo ronda disperso entre la reunión, la noche está callada y siniestra, a lo lejos los perros aúllan un lamento que deja una sensación de nostalgia. Justo vuelve, de un golpe en el hombro.  ─Él no es mi amigo, es mi hermano ─indica a los otros muertos─, ¿o no, Justo?─. Justo asiente, sonríe, bebe un poco, y un profundo malestar lo ahoga desde sí, orgánica consternación, cuando cada recuerdo se vuelve sensación. Entonces, se despide, casi huyendo. No escucha los improperios, pero les siente su agresividad. Sin voltear, coge nuevamente su recorrido. Tose, febril, anda, escupe, tose nuevamente, y sueña, entonces, con sus anchos muslos, Justo, su enorme sexo esperándote congestionado. Allí estará, esperándote, quizás soñando también contigo, con tus palabras enjugando sus labios, con tu romance fugaz y a la vez duradero. Regurgita agrias mezcolanzas, escupe,  suspira y se persigna, mientras cruza la vieja iglesia casi abandonada: «Qué será del padre José, en qué desgraciada situación habrá caído», piensa, «con lo creyente que es la gente por aquí, hasta habrá dejado de creer en Dios, Dios mío». Da un giro en la última esquina de su recorrido, piensa en ella, sigue a paso trémulo hasta la entrada de su quinta, piensa en sus senos, cruza el umbral en penumbras y su corazón da un salto, piensa en sus piernas, mientras va adentrándose en la oscura cueva, y piensa en su aliento de carnes aún fértiles, se detiene frente a su puerta, y vuelve a dar un salto su enfermo corazón, se estremece, piensa: «no puede ser, mujer». Ausculta la casa, que está viva de sonidos tan humanos; gimen, susurran, Justo, como dos mamíferos dándose el uno al otro quién sabe cuántas energías, se necesitan Justo, por entre los orificios de las viejas maderas de aquella casa ahora tan ajena  para ti, Justo, vuelve, qué dirás, qué harás, a dónde ahora, con qué cara, cuarenta cuadras, Justo, con qué fuerzas, ya para qué, justo. Piensa: «No pudiste esperarte, puta de mierda». 


Luis Ernesto

Nuestros cuerpos crujirán como galletas olvidadas en el corazón de una bomba atómica.



Extrañamente nos extrañaremos /
    obviando todo el arsenal de odio del que dispusimos (secretamente) una vez
                              establecido el primer día.
    Por tu mejilla rodará un ratón transparente (que siempre quiso asesinarme)
          y al que le tuve la fobia más sincera y risible.
  Espía del silencio /
  ansiamos el fantasma que acude a abrigarnos en los espacios abiertos/
  y nuestras manos como hojas de un árbol antiguo han cesado el vaivén de la sonrisa
Ése polvo que despierta las ruinas de una ciudad tan nuestra…
Tus piernas
tambalean al contacto del silencio como agua caída de los techos de nuestra tristeza.
Y nos inmolamos en el rencor
                 y te disgusta cada movimiento que hago porque
                                                                    existe un parecido a la lejanía/  
desde donde nos llamamos, ingenuos y felices/
jugando luego con el fuego de los insectos que brotan de nuestros cuerpos cuando somos uno.
Y la oscuridad es un color más rasguñando tu frente
y el sudor es una sustancia extraña que impone un aire de solemnidad en nuestro diálogo sobre el fin y el extrañarnos desde un mar de días /
 / Distantes
Ya aprenderemos a detener el fin
bajo la colcha/
mientras somos un par de ocultos puntos opuestos
situados en el mapa que nada podrá encontrar
salvo la resignación de ser eternos desorientados/
y soy tan tonto como en un principio/
que no deja de hablar de la muerte en términos tan distintos porque voy aprendiendo a controlar la claustrofobia de las palabras y las cosas que me rodean/
y no soy tan tonto como en un principio/
porque  hemos recorrido todo lo que hubo que traspasar con la fuerza expansiva de una bomba oxidada por la humedad de las lágrimas/
habrá que asumir algún día esta tristeza con todo el cuerpo y la entereza de un adulto/
y ver por la ventana cómo se aproxima la ráfaga de fuego y artefactos chamuscados/
entonces tendremos que reconocer que  nuestra herida es la más perfecta porque está a punto de sanar/
y tendré hambre
y comeré galletas.
J. Estiven Medina Ortiz.