CASCOS AZULES


Era una lucha constante: día a día tener que lidiar la venta, la lluvia o el sol y, para colmo, los billetes falsos. Pero a los Azules les tenía un pánico terrible. Todos gritaban: ¡Ahí vienen los Azules, los Azules! Llena de escalofríos, yo sentía cómo los cascos gigantes corrían tras de mí, queriéndome quitar lo que tenía. Por más que hacía tanto esfuerzo, no podía cargar toda la merca, no podía correr, todo chillaba en mi cabeza: “¡a la chibola! ¡a la chibola! ¡ a la quinta! ¡ a la quinta!”. Y nadie miraba a nadie, solo cada uno a su merquita y los cachivaches que nos servían de caballete o trapos retaceados como plumeros. Era correr a cualquier hueco pa´ que los Azules no nos atrapen, así nos fuimos todos  en dirección al callejón. Yo pensaba en el plástico embarrado que me iban a quitar, la cara de mi padre gritándome. Pero llegó alguien y dio gritos de compasión: ¡es niña pues, es niña! - ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! rápido no ma tío,  por la chibola no más. -¡ya! ¡ya! ¡corre!  ¡corre! LA QUINTA ERA LA SALVACIÓN: al llegar ahí sentías como si hubieras ganado una batalla, felicidad plena... pero apenas EL CAMIÓN volteaba la esquina, nosotros salíamos de inmediato a LUCHAR contra los cascos azules...

Por:

Yessenia Rojas Atahuamán

brillar - Enmanuel Saravia





"Brillar" canción escrita y compuesta por Enmanuel Saravia

caleidoscopio - Enmanuel Saravia







"Caleidoscopio" canción cantada por Emnanuel Saravia y escrita por Julio Barco

VIEJO PLATÓN, YA SALIMOS DE LA CAVERNA HACE TIEMPO Y TODO ESTÁ PEOR


(pequeña corrección a Darwin)

Todos, todos somos murciélagos mal pelados.
Nacemos de cabeza, poco a poco y de cara al cielo
hasta que nos jalan de las patas
nos bajan a tierra
nos cortan las alas en la escuela
nos liman los colmillos en casa
nos disfrazan, nos ponen nombre
aprendemos a hablar, a decir ésto es mío
y perfeccionamos lo peor de nosotros: los ojos
y olvidamos lo mejor de nosotros: los oídos
olvidamos volar
olvidamos dormir de cabeza aferrándonos al mundo
olvidamos que somos feos
o descubrimos que somos feos
y entonces nos dedicamos a matar la belleza
a copiarla y pegarla, a venderla
olvidamos abrigarnos de noche o en pleno vuelo
olvidamos que somos murciélagos
pero dime tú, Animal
porqué no olvidas robarte la sangre?
porqué no olvidas robarles la sangre?
porqué no olvidas robarme la sangre?
porqué siempre te acuerdas de robar la tierra, el color, las ideas, los niños, los ríos, la sangre?
por qué sangras a tu madre?

Ya lo dije: somos murciélagos mal pelados, mal paridos. 
Hijo de la derrota

Día 1:



Díptera, raya el cruento silencio con su zumbido, zigzaguea indeterminada.  Claustro, cuadrilátera sepultura gime desde sus esquinas tanto vacío. Una bombilla tenue y fatigada gobierna una esfera de cuarenta centímetros de radio a su alrededor. Va hacia adentro, hacia su centro, quiero decir. Silencio.  Las manecillas del reloj luchan contra sus engranajes, dando chasquidos de triunfo cada sesenta microsegundos. Opaco, todo, lánguido padecer. ─ ¿Y las ventanas?─ discute, Justo, con las paredes, cuatro paredes. Amorfa estancia, oscura; masas terribles de sinsabor merodeando los rincones.  Silencio. Díptera. Se recuesta, mientras el catre se queja de tan viejo, y sus oxidadísimos fierros crujen desquiciados, moribundos. ─Será que se está muriendo ─dijo─, por eso está como idiota─.  A grandes trozos, las paredes del techo se iban suicidando. Roída y cuarteada, la pintura se iba desprendiendo, en enormes continentes. ─Ese se parece a América─ Aprecia Justo. Díptera ondulando su vista ─¿por qué no se muere de una vez?─ se detiene, zumba en derredor de la bombilla, vuelve a los aires. Y silencio, silencio, ¡silencio!, que arremete contra toda la quietud gravitando. Bebe un poco de agua, y vuelve a recostarse. Chilla, sopla el viento desde debajo de sus frazadas: «…La vieja me decía siempre “la bebida es una de las condenas más trágicas del hombre”. Y yo sé, yo sé: muchos han terminado morados por la cirrosis, botando espuma desde sus bocas; o  hasta, en sus diablos azules, caen y se desnucan. Y así, sencillo, muerte segura. Otros terminan con los sesos regados por toda la autopista, bañando el pavimento con su sangre, por haber sido atinados por un conductor inestable. Pero qué se hace, qué se hace pues…». Díptera, silencio, díptera, pasos lejanos acercándose. Retumba de pronto la resquebrajada puerta: ¡Uno, dos, tres! ¡Tum, tum, tum! ─¡Justo, sé que estás ahí, maldito seas!─conmociona a gritos el esqueleto de Justo, la abuela Mercedes. ─¡Ya son tres meses, tres malditos meses!─, retumba: ¡uno, dos, tres!─¡Justo!─¡Tum, tum, tum! Chilla con detenimiento el catre. Justo, despacio, en el silencio, trata de ponerse de pié. Coge sus zapatos, díptera. Apaga la luz. ¡Uno, dos, tres!─ Justo, abre la puerta─¡Tum, tum, tum! Avanza, avanza a paso sigiloso hasta la puerta, ¡uno, dos, tres! Por entre las fisuras y esquirlas, aparece ante el ojo de Justo un enorme bulto hecho de ira y una larga manta que cubría su monumental presencia, y culminaba abasto a la altura de sus tobillos: La abuela Mercedes. ─¡Justo!, llegara el maldito día en que derribe esta puerta─ ¡Uno, dos, tres!─Ya lo verás, alcohólico de porquería─. Pasos que se alejan, arrastrando consigo unas viejas sandalias. «…Cómo piensa, vieja, cómo, que voy a pagarle con lo que me falta», piensa. «…apenas, pues, si apenas llena la barriga, apenas, vieja inmunda, ya llegará el día en que me largue», continúa. «Si apenas, uno que otro por aquí, y eso que ya no me llaman mucho, sólo para cachuelos, y se le ocurre, a esta vieja, cómo, cómo, con lo que me falta…» Ahoga sus pensamientos con el resto del agua sobre el velador casi invisible. Pasea, indeterminado, a través del olvidado aposento. Observa los viejos muebles, sin apenas observarlos, y suspira de vez en vez, como para cada muerto mueble arrinconado en sus viejos dominios. «Qué será de mis hijos…», reflexiona. «En qué, Jeremías, dónde, en qué andará, mi muchachote, loco como su padre, que hará por la vida, esta jodida vida…». Díptera, silencio. Zumbido tenue, casi nulo e interrumpido. ─¿Qué, no se ha muerto aún…?─. Da un salto agotador, lanza su brazo hasta el techo, y derriba la mosca junto con la bombilla. Zumbido. Muerte. Sangre. Oscuridad. Justo cae cansado junto con su cuerpo, y derribado permanece largo rato sobre el suelo frío. Frío, silencioso arremeter de la soledad. Cae una larga lágrima por su mejilla, está dormido, y sueña: «…Qué será de mis hijos, Dios mío».


Luis Ernesto

Estoy muerto

Estoy muerto, por mis errores de marsupial. Mira mis dientes  de universo sin reglamento, es mucho pedir tres deseos, por eso las ballenas hablan mi idioma cuando quiero pretender saberlo todo, ¡estupideces me dicen! Perdí un amigo que quiere conocer a la mujer luna, nos sumamos en un suicidio de letras, de sopa de letras mejor decirlo, porque hacerlo es buscar un destino. Ahora  hay un ermitaño jugando  con sus dedos, contando si puede llegar a cien por cien, no solo con su piel de cucaracha, si no estirarse como rana y dar besos de pescado a cada uno de los ciudadanos que le piden el secreto de la tranquilidad. El secreto para morir como insecto, como mosca de dos días, que vuela de manzana en manzana y  descubre un mapa del tesoro así eres tu ermitaño: buscas y siempre encuentras, eres un Jesucristo con múltiples resurrecciones  y un budista bajo tu árbol de eucalipto. Yo estoy perturbado viendo el cementerio a lado de la casa de mi bisabuelo, esa casa destruida y decorada con hojas secas y piel de carnero, la casa donde  descubrí que los fantasmas son buenos y te guían a través de las lágrimas y puedas darte cuenta que la niñez es para entrar en cuevas donde existen duendes o demonios que te secuestran para toda una vida. A veces ese pasado con olor a riachuelo y a muerto me dejó latiendo el corazón bajo la luna llena, no había sentido, solo había susto y murmullos de gente que hablaba sobre la bondad de mi bisabuelo, él estaba muerto yo estaba vivo. Pero ahora yo estoy muerto y él está vivo.  Recordar   las vacas volando sobre mi mente o el campo verde color garabato crayón post punk, me deja la sensación de volver  a los primeros años de estudio (si ahora en estos recuerdos tengo 4 años con mis crayones y mis temperas, tengo la depresión post bebe).  Es de noche vivimos en un charco de agua llamado ciudad, un hábitat, donde algunos solo somos larvas y otros queremos ser humanos, pero no hay mejor verbo que matar: matar las horas con un cigarro, matar el cigarro con insulto, o morir encima de un cartón en una esquina. Siempre estaremos caminando por la ciudad con pasos ciegos, diciéndonos unos a otros:

Somos verbos mal conjugados con astillas   no los somos, mi pie derecho habla con aserrín
Dime el pasado de tu vientre                                       tuve amores y muchos hijos

Seguimos la historia de la luna, de la muerte, del músico que se casa con la muerte, porque la muerte baila con el músico, y solo atinamos   a aplaudir: qué lindo vals. La desgracia tiene un futuro, los tiempos tienen una cosmo-agonía, un vertebrado mató el tiempo:

El tiempo, no tuvo hermanos ni hijos pero si caso con su hermana ( ella era hermosa).


Cuando el rio suena es porque estrellas trae y universos se derrumban ahora sigo muerto, pero mis dedos crecen mi vientre y pecho de  dinosaurio, reclaman lo que no merezco un poco de agua, y algo de aire.  La jaula está abierta, mis amigos también salen, ladran  y muerden porque tiene rabia, también quieren morir, pero ellos son más tranquilos que yo (las apariencias engañan). No somos varones somos gusanos que  se arrastran entre la pista, y  compiten por llegar al final de la ciudad, no llegamos muerte es lo primero en conocer. Yo ya estoy muerto.  Y el amor en nosotros es lo único vivo, pero es saliva y fluidos, habrá que buscarlo.
                                             MARIO SANTIAGO BEY QUIROGA
Lo estoy perdiendo todo

El viernes recibí su llamada mientras me servía el desayuno, tenía el pelo revuelto y ciertamente hubiera preferido quedarme en la cama, no sé por qué me levanté y empecé a hacer esas cosas. Me dijo que estaba viniendo, que tenía prisa por decirme algo, le dije que me lo dijera ya, que no anduviera con rodeos y me dijo que no podía. Me pareció tonto y le dije que bueno, que lo esperaba, pero que no le iba a perdonar si aquello era un pretexto para venir y comer de mi plato y el cortó.
Llegó diez minutos después o menos, tocó la puerta como un enloquecido y no me apuré en abrirle porque me divertía saberlo desesperado, ya había ocurrido un par de veces: me busca, se abraza a mí y llora diciéndome que me necesita, que se está muriendo y yo lo consuelo no muy convencida de lo que dice y hundo mi mano en sus cabellos mientras mis dedos juguetean, enredándose. Es gracioso.
Llovía como si el cielo se estuviera desmoronando en pequeños trozos, yo me sorprendí parado en una esquina con un cigarrillo mojado entre los labios, como si hubiera despertado allí, erguido, con los ojos muy abiertos por el susto, luego reparé en que aquel cigarrillo aún estaba apagado y que en entre mis dedos un palito de fósforo terminaba de carbonizarse, busqué otro y simplemente no lo hallé. Me eché a andar con el cigarrillo entre los labios, haciéndose cada vez más inútil con la lluvia, aún lo llevaba conmigo porque sentía que tenía que conservar todo lo que se pudiera, hasta el más mínimo objeto, por si tendría que dejar algún rastro.
 Lo estoy perdiendo todo, me dijo y no se abalanzó sobre mí, no alcancé a distinguir si había llorado, la lluvia le había mojado el cuerpo completamente, como si todo hubiera hecho el esfuerzo por representar en él la desesperación para que yo le creyera, le creí. Pero ¿qué estás perdiendo si no tienes nada?, le pregunté, en otro momento podría haber sonado a una broma, pero ésta vez no bromeaba, él no tenía nada, al menos nada que pudiera conservar por mucho tiempo, o puede que yo mantuviera aquella impresión porque no lo conocía demasiado, apenas lo suficiente como para sentir algo semejante al amor. Desde que lo conocí, sólo supe que andaba escribiendo una novela. Todo, se me va todo, repitió varias veces con una velocidad que no le permitía coordinar el resto del cuerpo, tuve que cogerle del brazo y conducirle al sofá. Oye, tranquilízate, le dije y me senté a su lado. Estaba completamente mojado y tiritaba hundiendo la mirada al frente, a un punto vacío.
De pronto parecía tener el deber de reconstruirlo todo a partir de la noción de haberme hallado en esa esquina intentando encender un cigarrillo, ¿qué había pasado antes? ¿A dónde me dirigía? Estaba buscando las respuestas en las calles, el ambiente adquiría una especie de congelamiento que quebraba todos los pensamientos que dificultosamente creía estar elaborando. Si fuera el personaje de un cuento, no podría sentirme más decepcionado del autor, pensé.
Luego sus manos golpearon su cabeza con brusquedad varias veces, todo él era un persistente temblor que parecía no acabar nunca y destruirlo todo. Me desperté y supe que lo estaba perdiendo todo, me dijo, y te llamé antes de perderte también a ti, yo extendí mi brazo por sobre su espalda pero lo quité de prisa porque no podía soportar el frío en que se había convertido su cuerpo, luego me resigné a ser parte de él.
Me miró una vez, estaba asustado pero había un brillo como de esperanza  en sus ojos, aunque no estoy muy segura de lo último, parecía intentar calmarse tal como yo le exigía, pero era una fuerza luchando contra otra aún más resistente que terminaba siendo él mismo empujándose hacia ningún lado, lo rodeé con ambos brazos, lo sujetaba. Empezó hace una semana, me dijo, yo estaba escribiendo mi novela, luego sentí que estaban arrebatándomela, palabra por palabra, la vi volar y desarmarse hasta desaparecer, no quedaba nada, pensé que algo en la computadora se había estropeado y que como resultado mi novela iba a eliminarse, pero luego vi cómo mi habitación corría la misma suerte, todo se desintegraba. Luego retornó los ojos al punto vacío, no dije nada porque no sabía que podría decirse ante semejante disparate, por un momento pensé en besarle. Te llamé cuando ya venía hacia aquí, sólo me quedas tú y temo que también desaparezcas, me dijo, yo aligeré la presión de los brazos con la que tenía sujetado su cuerpo pero aún sentía el temblor y yo movía la cabeza afirmativamente mientras le decía que todo iba a estar bien.
Se me entorpecieron las piernas y caminar, mi único recurso para huir de la consternación, se había convertido en otra tortura, la gente que pasaba a mi lado no resistía el impulso de mirarme avanzando con movimientos torpes, me detuve, también haciendo un gran esfuerzo pues, al parecer, la disposición de la fuerza de mi cuerpo ya no podía ser controlada por mi mente, estuve otra vez parado y noté que entre mis labios ya no estaba aquél cigarrillo mojado, he dejado el primer rastro, pensé, girando la cabeza hacia atrás.
Quizás debas tomarte un buen descanso, le dije, segura de que su situación no era más que un  agotamiento producido por ese capricho de volverse un escritor compulsivo. No creo que sea eso, me dijo, y parecía experimentar un acceso de escabrosa sinceridad porque intentó explicar cómo no podía ser posible: cuando ocurrió tenía muchas cosas que escribir, era increíble cómo venían a mi cabeza, cogí un libro para tratar de calmarme, diciéndome que no era para tanto, que había que ser paciente, y empezó, leí un párrafo al azar y me encontré en el fondo de eso en un vacío insoportable, como si no hubiera llegado a coger nada pero con la fuerza deshecha, derrotado, lo intenté otra vez, en voz alta y lo mismo, no había nada qué hacer salvo echarme a dormir para no entrar en pánico. ¿Y lo hiciste?, le pregunté y me dijo que sí, que había dormido algunas horas y que mantuvo la computadora encendida porque no pudo apagarla, no tenía sentido. 
¿Y si tal vez no estoy buscando nada, sino huyendo?, cuando pensé eso ya me dirigía por otra calle igual de extraña que las anteriores, pero ésta vez la ansiedad había sometido a mi cuerpo de otra forma, como si realmente estuviera huyendo, las miradas de los transeúntes ya no eran curiosas sino inquisitivas, di un rápido vistazo a mi cuerpo temiendo que una salpicadura de sangre hubiera quedado impregnada.
Una tarde me dio algo de lo que había escrito para que lo leyera, no se lo había pedido porque supuse que no lo tenía, que aquello de la novela en proceso  era una mentira para impresionarme, así que recibí ese fajo de papeles con una sorpresa que no supe disimular en los labios. Lo leí en casa y confirmé que si bien esa novela empezaba a existir, sólo lo hacía con el propósito enternecedor de conquistarme. Tienes que terminar de escribir esa novela, le dije, mientras trataba de tomar sus manos, él me dijo que era cuestión de un mes o dos, o tres, y yo dije: o cuatro, y parecía que íbamos a seguir así, prolongando el final de la escritura de la novela, como si representáramos la sospecha que luego lo llevaría a la desesperación, por eso él se detuvo, dijo: ya lo terminaré algún día. Ahora está aquí, temblando.  
La manga izquierda de mi camisa tenía tres manchas informes de sangre, ¿había matado a alguien? No recordaba nada y ahora en parte porque no quería hacerlo, revisé atolondrado mi cuerpo, con la esperanza de hallar una herida, una tajada de donde haya podido emanar esa sangre, estaba aterrado por la posibilidad de que en algún lado hubiera un cadáver a punto de ser descubierto.
O es como si me hubieran matado, dijo de pronto, después del prolongado silencio en el que nos habíamos sumido, entristecidos. Empiezas a hablar tonterías, le dije, porque aquello ya había excedido el límite de lo que yo podía asumir como una comprensible crisis de creatividad. Cuando desperté ya lo había perdido, es más, creo que desperté cuando oí tu voz en el celular, ahora mismo es como un sueño, me dijo. Yo sonreí casi cuidando de que no me viera, imaginaba cómo me desvanecería cuando despertara si todo fuera un sueño como él cree que es ahora, éste chico es un jodido soñador.
No estaba muy seguro si empezaba a recobrar la memoria o era que estaba inventándolo todo, cediendo al nerviosismo que me confundía cruelmente: Había un cuerpo tendido en el suelo de la habitación que indudablemente era de él. Habría entrado, movido por un impulso de venganza fulminante. Él me habría suplicado piedad en el breve momento que  yo me acercaba, no recuerdo más, o ya no quiero inventar. Sentí el zumbido electrónico de la computadora encendida de aquél tipo, al parecer estaba escribiendo algo. Quiero creer que el daño que me ha ocasionado justifica irrazonablemente éste crimen.
Mejor ponte a dormir, es temprano y a lo mejor es un sueño como dices y despiertas de mejor ánimo, anda, recuéstate en éste sofá, luego si quieres te sirvo el desayuno, le dije y él sonrió, admitiendo que era una buena idea, quizá la única posible, me dijo gracias y que me quería, me levanté y dejé que ocupara totalmente el sofá para que durmiera.

Hoy es viernes, tuve un sueño extraño que espero recordar mientras preparo el desayuno. No, mejor no, creo que no desayunaré, ya voy cuatro meses, ésta novela me está matando, anoche debí fumar mucho, he dejado tantos rastros de nada.

J. Estiven Medina Ortiz. 

FORMACIÓN QUIPUNAL





Queremos creer y ansiar o amar y delirar un rato
y lo queremos ahora:
Juntos y calatos
Por los botones de la camisa trepa un canto de niños rotos con bizcochos en la boca
y es un cortocircuuiiito
Purulento aluvión que confiesa su pena / la alegría
Patear una pelota es geometría. La regla de Rufini simplificó las cosas, pero hay
Otras reglas inmaculadas y nunca oídas
Pronto seguirá el juego de saber quién lanza la primera piedra
Quién rompe la ciudad
Quién la construye:
Jorge no sabe morirse de una puta vez. O quedarse callado. O estar anestesiado y mariguano.
Marco se agota o se rinde. Se baja del pedestal y saca
del Olimpo la cabeza y la cabeza del cuestionamiento de la realidad y pelea con el absurdo y maldice su
memoria: otra vez dejo -sin saber dónde- el cepillo
Pero la idea
¿puta evolución por Selección Natural, por qué nos llenaste de preguntas?
Sofía no quiere gritar a las señoritas que cobran en los micros
Bertha quiere pelearse con su viejo porque no copula sus mismas ideas
Bertha no se compra la tolerancia
Leonardo quiere ser uno entre los todos
Omar quiere ser bueno porque sí aunque lo jodan
Oscar se saca los ojos y se pone canciones y se duerme tarde y nunca escribe
Luis camina al colegio rogando que no haya clases
Alejandro esconde la vergüenza en una máscara y trae
Salchipapa a su casa siempre para todos. Y juega con el perro a quien no ama
Vaner escribe o arregla computadores en la fábrica Tecno
Y piensa que el amor es amor porque así lo piensan los humanos
Mara vende panetones con chocolate caliente a maniquís apurados por autenticidad
Pepe apaga la TV y mira la pared vacía
Entonces tiene miedo y canta o destripa una idea ciempiés
Federico escribe porque nunca pudo hablar con la boca
Armando ama es onanista y tiene miedo a morir crucificado y lejos de casa
Enmanuel canta y anochece, teclea duro o fornica sin condón
José Martí quiere saludar a todos y cantar rap debajo del puente
Juan quiere aprender a conocer al otro. Nieta quiere dejar de pensar desde uno
Amanda quiere ganar dinero y volverse millonario
Jairo se protege del Sida y del Comunismo. Javicho cree ver el amor en el pasto
Y en el pasto a Dios
y a Dios en el pasto
Tomás apaga su cigarro cuando ve niños
Felipe no puedo mirar el culo de las niñas por vergüenza a contradecirse
Y Magaly prende otro discurso cuando quiere desteorizar el sueño de cartón
Charapa no puede dormir porque tiene fea la RAZÓN
Mafer quiere hacer máquinas que ayuden a mantener la imaginación a flote dentro de otras máquinas
Ernesto quiere ser trovador o guerrillero o satélite love
Eber quiere ser taxista driver siglo 21
Jaime se cepilla cuando puede, se baña cuando lo dejan
Carlos camina inseguro en la calle y se calla y tiene miedo y alguna fe
partida en mil pedacitos que recoge cantando
Luis Alberto se pone loco y quiere desdomesticar la embriaguez de los demás
Luis T tiene un sueño: hacer una empresa
Belén aprende por canciones y libros y se llena la cabeza de libros y ritmos y entonces nace su elemento
Gaby busca ser diferente entre los diferentes, uno busca
Su diente debajo de la metáfora que lo sacará del absurdo e incierto andar
Herbet quiere mucho y sabe que todo anda perdido y quiere chatear o chupar con sus muertos
Y los saca de la tumba, les pone unos lentes de sol en sus cuencas vacías y los convoca sin ouija ni exorcismo
Y en horas que no sirven para onanismo o depresión
Uno quiere ser purito corazón, otros discuten sobre
Lo impredecible del presente, futuro y pasado
César quiere hacer trombas de agosto /Blanca vende catálogos para guardar monedas coleccionables
Constantina busca identidad en la identidad. Milagros cree y confía
Memo no quiere andar gritándole a todos que sabe,
qué es el único
que es el uno
que tiene todo por delante
que puede
que es Dios


de julio barco

La iluminación del cíclope

“Una vida sin homicidios es para mí  como una vida sin alimentos para ustedes”
Alexander Pichushkin (el asesino del ajedrez)

Sonó el timbre del departamento, eran las tres de la mañana, la madrugada era realmente asquerosa, estuvo lloviendo toda la noche y Alberto lo sabía. Cada gota que chocaba contra su ventana era como un cuchillo que cortaba su piel. Era muy sensible cuando algo detestaba y sobre todo esos meses de lluvia;  ni la pasta básica le ayudaba a no perturbarse, solo se sentía como una piedra, pero a la vez, ya no confiaba en nadie, todo era como una patada en las bolas y ya  las tenía hinchadas. El timbre seguía sonando y tocaban la puerta con insistencia, entró al baño a verse como estaba, vio sus grandes ojeras y sus ojos hinchados. <<Mi cara es una mierda. ¿Quién chucha será a esta hora?>>, se dijo a sí mismo. La puerta seguía sonando con más prisa, tomó la botella de ron que  tenía en su escritorio, dio un sorbo enorme; el trago enjuagó su mal tiempo y lo hizo sentir unos segundos de tranquilidad, la misma tranquilidad que te ofrece una prostituta por treinta y cinco soles en uno de los cuartuchos de la calle Víctor Lira. Abrió la puerta y antes sus ojos estaba Sofía, con sus dos tetas que se hacían notorias por la locura de la noche que estaba viviendo ella, y su tufo a alcohol  y tristeza, con su mirada de lechuza en invierno, dio cierta lástima a Alberto, pero él cuando tiene lastima tiene odio. <<¿Qué  haces aquí?>>,  le dijo. <<No quiero contarte lo que me pasó, solo quiero pasar, déjame pasar>>, respondió ella, ebria como estaba. Él la dejó entrar, se sentó en su cama. Ella vio en la mano de su anfitrión el ron, le pidió, lo agarro y él no soltaba el envase, porque Alberto es un laberinto, un laberinto donde no hay un minotauro, hay miles de cíclopes, y muy hambrientos, no solo de carne sino también de sexo; un laberinto donde no hay héroe griego ni posmoderno que sale vivo de él; un laberinto que nadie sabe cuándo se construyó o si tendrá fin. Alberto suelta la botella,… la joven bebe como si hubiera hecho un viaje en el desierto y su sed fuera incontenible, caen gotas de  la bebida por los labios de la fémina labios que el vio cuando ella tenía quince años y le preguntó Alberto, <<cuántas veces te masturbas al día>>, él quizá afectado con una culpa inconsciente, que cae como lluvia Arequipeña (de manera imprevista) y por su timidez adolecente, aunque más que adolecente, siempre fue reservado, se guardaba todos sus secretos, no conversaba con nadie y su mirada perturbaba a sus compañeros, mirada de psicópata voyeur, hasta el culo era su comportamiento. Ahí él en su habitación vuelve a los labios y sube a los ojos apagados por el alcohol, o más que apagados parecían dos meteoritos despistados de su ruta por el alcohol ingerido, <<¿Qué es esto?>> Dijo ella, tomando un cuaderno de tamaño A4,  adornado en la portada con un collage surrealista donde la figura principal era un cuchillo con la cabeza de una mujer. Ella hojeó y dentro observó fotos de varias mujeres, la mayoría eran jóvenes. Entre cada fotografía había unos escritos que parecían unos poemas, estaban hechos a mano, logro ver rápidamente uno que decía, mientras hojeo con la sorpresa que ve quien descubre algo que huele a cierta perversión sin explicación; sus dedos estaban ágiles y ese texto decía: “Bendito sea cuerpo, bendito sea el fragmento de tu piel, donde esté el encarnado y donde esté la iluminación; ahí estará nuestra protección, y levantaremos nuestras patitas expiando nuestras deudas y perdonando nuestro caos. Iluminación del verbo y la carne…”

Es mi cuaderno de arte respondió con calma a su interlocutora.
Pero si tú estudias Economía le increpó ella.
Bueno tenemos un curso general y es de práctica, por eso hay esos poemas y esas fotografías, te explicaría más y estas borracha, mas yo estoy cansado. 

Cuando uno bebe alcohol puede ser una mina dejada en tiempos de guerra u olvidada, porque quisiste dejar sin pierna a un niño en tierras orientales con conflictos religiosos-políticos, así va sucediendo; Sofía está ebria, van minutos conversando y se mezclan con ji,jj,ji… ja,ja,ja; Alberto está sentado a su lado, ella con su coquetería y bohemia nocturna lanza sus brazos sobre el cuello de él. Sofía ya ingresó al laberinto de Alberto, ya se perdió, los cíclopes están sueltos, estarán buscándola. El joven la besa, ambos se besan, ya no es Alberto, ahora es un cíclope fuerte  que no es percibido por la muchacha, solo por los que ven más allá de la apariencia o los que no hacen caso lo que dicta un manual de psicología. Alberto, el cíclope, la toma, le besa el cuello; ella cede a las caricias, su cabello con sensualidad invita a que el libido crezca; ambos están con furia juvenil, hay algo dentro de ella que hace denotar cierto cansancio y dolor, pero parece no importarle y sigue ella; ayuda a desprender su ropa al  joven cíclope; las prendas salen con ligereza. Ambos están hirviendo y desnudos, ella como hembra anfibia abre sus piernas, él como macho y con su miembro obstinado entra en la joven. Locos, sudorosos, gimen como caballos de guerra. En su solo ojo del joven ciclope sale el odio, un maldito odio que ni él conoce, no sabe dónde se originó y a veces se confunde si es odio o es un sentimiento de amor. Se acerca un poco más a la cómoda cercana a su cama sin dejar de moverse sexualmente encima de Sofía, del primer cajón saca rápidamente un puñal, que ella no alcanza a ver porque sus ojos apuntaban al techo y disparaban placer. Sintió como si abriera pan, cuando introdujo el puñal dentro de corazón de ella; su miembro seguía sintiendo el calor y la humedad de la señorita muerta, cuando la sangre de esta salpicaba su pecho; su sonrisa de ciclope, que mató a su víctima, era enorme, era un cíclope bastardo, odiado y repudiado por el olimpo. La daga quedó incrustada como bandera de victoria sobre un territorio ya conquistado, tomó el cuello y lo apretó para rematarle. La cacería no había terminado, cogió el puñal, su mirada no tenía ningún toque, por decirlo humano, era un cíclope, totalmente desconocido; tomó uno de los senos de la difunta y los trozaba, cada pedazo sangrante los llevaba a su hocico ya no era boca—, perdió el sentido humano, lo masticaba con placer y el rostro de la joven muerta expresaba horror y la cama estaba totalmente ensangrentada; la misma operación hizo con el otro pecho.

El ron que sobró en la botella siguió bebiéndolo y decidió entrar a la ducha, en ese momento volvió a ser, para los ojos que vemos más allá de toda apariencia otra vez, Alberto. Salió del baño, el agua lo limpió de la sangre y limpió de todo cargo de conciencia que cualquier persona podría tener A veces nuestra moral nos persigue, nos pusieron una moral por algún motivo y nos gusta tener una moral para estar seguros de lo que hacemos. Tomó el cuaderno  donde estaban las fotografías de las chicas y dentro de las hojas cayó una fotografía en blanco y negro, muy vieja, de un monje budista al parecer, como nombre llevaba: Gauda Buda, el monje prohibido que comía senos para llegar a la iluminación. Alberto volvió a guardar la fotografía entre las hojas y sonó su celular, ya había salido el sol, a pesar de ciertas nubes, él contestó:

¿Aló, con quien hablo?
Soy tu mamá, hijo, te llamo muy urgente porque tu prima Sofía ha desaparecido hace unos días de Moquegua y queremos saber si fue a Arequipa, quizás la viste. Creo que tuvo problemas con su enamorado o se fugó con él, no sabemos nada, si sabes algo nos avisas por favor.
Ya, mamá, no te preocupes, te aviso si me entero de algo, yo buscaré por aquí           Colgó.

Sacó una fotografía que tenía guardada, estaba él con Sofía cuando tenían ambos diecisiete años, la pegó en una hoja que daba inicio al supuesto cuaderno de arte, cogió un lapicero y cerca de la imagen comenzó a escribir un  rezo  al estilo de poema.


Mario Santiago Bey Quiroga

Tristeza



Encendí la televisión y me puse a escribir. Pasaban una película que no recuerdo haber visto antes, en realidad no me importaba, no cambié de canal, sólo quería que éste cuarto dejara de estar inundado de silencio y de mi ausencia. Algo de mí se había quedado en el parque de esa tarde y como siempre que trato de recuperar las cosas, me puse a escribir.
Y como siempre que me pongo a escribir, no sé cómo empezar, pues, no sé con precisión qué es lo que quiero recuperar. Así que primero empiezo haciendo garabatos de palabras que apenas son una oración incomprensible, como el resuello de alguien que agoniza para después morir. Me quedé un rato imaginándome como un dios que coloca al azar muchachitos en el vientre feroz del mar, observándolos en sus brazadas desesperadas, en sus súplicas ininteligibles, en sus inminentes muertes. Así yo escribía, dejando a la deriva, desiguales y cortas filas de palabras que, en la superficie del papel parecían delgados cuerpos inertes, agonizantes, quizá vivos pero prestos a no estarlo más, en un mar ya quieto.
Estuve a punto de renunciar y resignarme a mi trozo de ausencia, pero un chillido que salía del televisor hizo que le dirigiera la vista y distinguí, dentro del recuadro de la pantalla, a un hombre vestido de saco negro, con una bufanda rodeándole el cuello, con un cigarro entre los labios apagándose por la lluvia, correr atropelladamente hacia un auto, abrir la puerta, girar la cabeza hacia donde supuse estaban sus perseguidores. No vi a nadie, quizá el tipo sólo veía los árboles agitándose mientras el agua resbalaba por sus hojas, en la noche. Se volvió, en el auto le aguardaba una chica quién, supongo, emitió el chillido, parecía desesperada, retorciéndose en su asiento, exigiéndole algo al tipo que buscaba la llave del auto en los bolsillos del saco, lo encontró, cerró la puerta y arrancó, creí ver que se besaban. Después pasaron los comerciales, un niño rechoncho devorando un pastel, joder.
Empecé a juguetear con la idea, a lo mejor esos amantes partían del mismo parque en donde yo estuve fumando un cigarrillo esta tarde, a lo mejor estuvieron planeando su huída con minuciosidad mientras rondaban por el perímetro del parque, quizá los vi, abrazados casi hasta la desesperación, quizá los envidié de soslayo.
No lo sé, pero después del niño rechoncho devorando el pastel, la película pareció irse al carajo y yo también.
Hacía un poco de viento, tenía prisa por acabar el cigarrillo, siempre he sido un fumador débil y torpe. Sentía por mi garganta nacer tajitos horizontales, que si bien no eran dolorosos, me incomodaban. Pensé en una escalera, una escalera dentro de mi garganta.
Al terminar de fumar, me distraje viendo a la gente deambular, inadvertida de mi presencia. El parque se envolvía en murmullos, en un calor fresco, el sol, como la cabeza de un niño fulguroso agachándose tras el horizonte.
Y vi a Gabriela, tal vez se llamaba así, nunca lo sabré, pero el nombre me gusta. La vi lejos y quieta, parecía revelarse, como yo, contra ese paisaje dibujado sólo por personas ajetreadas o lejanas del disfrute de la quietud. No separé los ojos de su figura, recostada en la pared, mirando hacia todos lados en un ritmo desigual que atribuí al sosiego y la disposición de tiempo libre.
Pensé en abordarla, pero ¿cómo?, de golpe sentí que por la escalera de mi garganta subían párvulas palabras, con la respiración agitada por el ascenso, embargadas por un entusiasmo que yo estuve forzado a apagar. Recité algunos versos improvisados, sentí mi boca como un cementerio.
Gabriela seguía allí, ahora leía un libro, veía sus labios moverse, traté de adivinar qué decían. A veces se detenía a mirar alrededor, nunca me vio, lo que significó un alivio para mí y una tristeza.
La luz del sol menguaba, Gabriela cerraba el libro, veía otra vez a todas partes y deseé con todo el alma que ésta vez sus ojos de clavaran en los míos, no sucedió, me dieron una jodidas ganas de llorar, la vi alejarse, salirse de ese sitio que me pareció por un momento su recinto eterno, confundirse con la gente. Me paré, alargué la mano como queriendo atraparla, aún contra su voluntad, retenerla y preguntarle: ¿te llamas Gabriela, verdad? Pero no. La última vez que volteó quise entrometerme en la dirección de su mirada, pero yo estaba muy lejos.

El cielo fue acechado por espesas nubes y las gotas de lluvia cayeron con una progresión sorprendente, ya no había nada que hacer. Me abotoné el saco, arreglé la bufanda en mi cuello, encendí un cigarrillo y me eché a correr.


J. Estiven Medina Ortiz.